La mezcla en los fundamentos del modelo freudiano de las pulsiones

por Juan Eugenio Rodríguez

PRIMERA PARTE

 

 

Situándome en la discusión sobre capitalismo y sujeto del deseo inconsciente, quiero desarrollar algunas ideas que vengo investigando.

A continuación voy a abordar el modelo freudiano de las pulsiones, el modelo freudiano del goce.

En “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” del año 1915, Freud se refiere a la miseria anímica que aqueja a los no combatientes y dice que de los factores responsables de esa miseria quiere destacar dos: la decepción (resignación) y el cambio de posición ante la muerte. Inmediatamente señala que quienes son los responsables directos del desencadenamiento de la guerra son los que se consideran la cumbre de la cultura mundial, el “mundo” más civilizado, incluso la ciencia contribuye activamente en producir armas para destruir al otro. La guerra no es otra cosa que un producto de la cultura, la que podemos ya nombrar como cultura de la mortificación o cultura de las neurosis actuales. Aquí la cultura se desencadena como pulsión de muerte. Este texto nos sirve de antecedente para pensar el concepto de mortificación.

Otro texto escrito durante la primera guerra mundial es “Duelo y melancolía”. Entre esos dos textos y “Psicología de las masas y análisis del yo” se formula por primera vez un concepto que representa una apuesta teórica fundamental y que tiene alcances transformadores en la teoría y en la clínica psicoanalítica. Me refiero a la introducción del concepto de pulsión de muerte y cómo lo empieza a pensar Freud a partir de allí. El texto al que hago referencia es “Más allá del principio del placer” y considero que esta jugada teórica es un acto instituyente en el interior del campo psicoanalítico.

Mucho después de la aparición de la pulsión de muerte, ya en “Malestar en la cultura” de 1930,  dice que no sólo sigue sosteniendo lo mismo que en aquel momento a contramano de muchos psicoanalistas, sino que esta aún más convencido que antes.

Cuando uno lee “Más allá... junto con “Psicología de las masas...” se puede leer que la apuesta freudiana es por un modelo dualista, en oposición a todo planteo monista (Jung mediante), y es aquí donde se encuentra a mi gusto la posición política de Freud. Una posición política instituyente.

Una formulación freudiana muy importante para el planteo de este trabajo se refiere al modo en que él concibe a las pulsiones a partir de la década del  '20 , las divide en pulsiones de vida y pulsiones de muerte. Y sostiene que el modo en que se manifiestan es mezcladas, que no es habitual encontrarlas desmezcladas, o sea en estado puro. Ahí reconocerá la dificultad teórica para poder dar cuenta de una pulsión muda como la pulsión de muerte. Sin embargo, sigue sosteniendo esa hipótesis. Entonces, ya no sería posible pensar al sujeto del deseo inconsciente en un modelo monista. Dentro de esta lógica freudiana un modelo monista representa el predominio de la pulsión de muerte.

Si uno recorre los textos freudianos posteriores a la aparición de este concepto, reconocerá que Freud cada vez que se refiere a su modelo pulsional lo piensa como una mezcla que no podría definirse ni como pulsión de vida, ni como pulsión de muerte.

Entonces, a los propósitos del presente escrito voy a destacar la cuestión de la mezcla por considerarla decisiva para poder pensar la diferencia entre goce y deseo y así esclarecer las diferencias entre el seudo-discurso capitalista y el discurso psicoanalítico. Y ese esclarecimiento lo considero político.

Freud sostiene que rara vez podemos encontrar en estado puro a una de las pulsiones, casi siempre las encontramos mezcladas y conjeturamos la presencia de la pulsión de muerte. Sin embargo, también tenemos ejemplos donde la pulsión aparece desmezclada. Y la pulsión desmezclada es pulsión de muerte. Tanto el predominio de una, como de otra, da como resultado pulsión de muerte. Si consideramos que existen acontecimientos que dan cuenta de la mezcla de las pulsiones y también tenemos ejemplos de la desmezcla, tenemos que considerar que dicha mezcla no es ni una pulsión, ni la otra, es algo que se agrega, algo que juega como un suplemento que interviene en el curso de la pulsión.

Dice  Freud en “Malestar en la cultura” que todas las pulsiones no pueden ser de un mismo tipo. Junto a Eros se hace necesario pensar una pulsión de muerte. Además de la pulsión a conservar la sustancia viva y reunirla en unidades cada vez mayores debía de haber otra pulsión opuesta a ella, que pugnara por disolver esas unidades y reconducirlas al estado inorgánico. La acción conjugada y contrapuesta de ambas permitía explicar los fenómenos de la vida. Mientras Eros es ruidosa y llamativa, la pulsión de muerte trabaja muda dentro del ser vivo en la obra de su disolución. Una parte de esta última sale a la luz como pulsión a agredir y destruir.

La muerte a la que se refiere esta pulsión no tiene que ver con la muerte biológica, sostener que el modelo pulsional freudiano tiene raíz biológica es regresar al instinto. De la muerte sin más, nada sabemos.  Más bien sostengo que de lo que se trata aquí es de la mortificación y el padecimiento resignado. De allí surgen los ejemplos de los muertos vivos del precursor George Romero. Pero existe otro ejemplo del gran poeta Edgar Alan Poe en su cuento “El extraño caso del señor Valdemar”, donde por intervención de la ciencia con el objeto de vencer a la muerte lo que se provoca es una aberración, o sea, un muerto en vida. La intervención hipnótica del científico justo antes del deceso del paciente, logra sostenerlo en un limbo. El señor Valdemar no conserva la vida, ni muere, es lo que podríamos definir un muerto vivo.
Seguramente este sea uno de lo ejemplos más claros de la mortificación, de la cultura de la mortificación y sus alcances: el padecimiento resignado. Sabemos que ese padecimiento es la expresión de un sujeto en repliegue y quien está siendo sacrificado es el sujeto del deseo inconsciente. En esta cultura de la mortificación lo que prevalece es la posición indolente. La cuestión anestésica es decisiva en esta posición y nos recuerda el carácter homogenizante de la masa.  A esta altura debemos recordar que hipnosis y masa no se diferencian porque sencillamente son lo mismo.

Un ejemplo de desmezcla es la guerra y tiene que ver con la cultura. Otro ejemplo es la melancolía, dicha afección tiene como protagonista excluyente una pérdida no admitida. Es lo que Lacan señaló en Hamlet, la falta de la falta. Su rasgo principal es la cruel denigración de sí del yo, una implacable autocrítica y amargos autorreproches. Quién no descubriría aquí al superyó. El superyó es esa instancia que para Freud es pura pulsión de muerte. El superyó no es la ley, sino que es la pulsión de muerte bajo la impostura de la ley.

Nosotros sabemos desde Lacan que la ley de la que se ocupa el psicoanálisis por oposición a esa impostura es el deseo inconsciente.

El deseo inconsciente se presenta claramente opuesto y diferenciado del goce. El deseo es igual a cero, como el agujero que hace posible la vasija, un saber-hacer. Las invenciones dependen de esta fórmula.

Entonces la pulsión de vida no es vida, la pulsión de muerte no es muerte, unificadas forcluyen al sujeto del deseo inconsciente. Entiendo que cuando se habla de crimen perfecto es de esta última cuestión de lo que se está hablando, entre otras cosas. Es el mismo problema por el cual Freud se sostuvo en el dualismo por oposición al monismo. Una cuestión política.

Volvamos a lo ya señalado acerca del suplemento, aquello que al agregarse sostiene la mezcla.

Con el concepto de suplencia se designa un término que inscribe la falta. Ella nos permite bien decir nuestro deseo. Lacan decía en la apertura a una conferencia dictada en Estados Unidos que él no venía a disertar sobre psicoanálisis, sino que venía a hacerlo. A tomar la palabra desde los fundamentos del psicoanálisis como práctica, el decir (de-ser).

 

 

(…)

Esperan,

no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,

siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables.

 

(…) Jaime Sabines

 

 

Freud sostiene que el amor nada sabe de la simetría, más bien responde a la preferencia. El amor introduce una perturbación en las relaciones de equivalencia. La definición de la preferencia establece una fuerte conexión entre mujeres y amor. La homogenización de la cultura de la mortificación depende del rechazo del amor sensual. En este sentido el amor sensual degrada el ideal. El poder del amor tiene un valor poético y político. El mestizaje para Freud tiene fuerza civilizadora. El amor crea una intersección, la articulación de dos sustancias que no tienen ninguna parte en común. Esto último es otro fundamento en favor de este suplemento que se agrega. La sublimación entraña un cambio en el objeto, se abandona el autoerotismo dándole lugar a un objeto que no es eso. Lo que produce un cambio en el objeto es el placer preliminar, la prima de placer, efectos de la suplencia, funcionan para designar un obstáculo para la formación del uno, el uno de la unidad. La agudeza es el modelo del placer preliminar y logra que de algo que podría resultar repulsivo o desagradable se pueda extraer placer. Aquí nos encontramos con la poesía. Incluso el poeta logra reducir el rechazo que provoca el otro y hace posible la fiesta. Formaliza el goce que desemboca en la modificación de la pulsión. El amor no repara la incompletud de lo simbólico sino que la mantiene.

Este suplemento interviene de tal modo que cambia el curso de la pulsión, trasgrediendo el principio de nirvana como decurso necesario de la pulsión. Cuestiona fuertemente la creencia en la primacía del superyó. Un goce Más allá del falo...sostiene el heim del sujeto, su casa. Ya no se trata del tener como ser, sino de una causa sin ideales y al abrigo de la poesía y no de las identificaciones. Se puede estar en lo instituyente, en movimiento.

 

Un deseo que consiente al amor.

 

 

 

 

Julio de 2018

(versión corregida)

 

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