Nota para estos días

 

 

por Daniel Mutchinick

 

 

Algunas reflexiones sobre la actualidad* de la frase que Lacan nos ofrece en su Seminario 10: La angustia, “el acto arranca a la angustia su certeza”.

 

“Aquel que desea y no actúa engendra peste,

Espera veneno del agua estancada”.

William Blake

 

“La interpretación no está hecha
para ser entendida, está hecha
para producir olas”.

Jacques Lacan

 

 

 

 

Revelar la potencialidad del acto de arrancar a la angustia su certeza sitúa una de las indicaciones más decididas, de las no muy numerosas, que Lacan nos entrega. Tiene en la mira ubicar la eficacia para intervenir, alivianando, el apresamiento atormentado que constituye tal posición del sujeto.

 

La certeza admite diferentes matices, según las distintas lógicas que la alojan. Por un lado, es el sesgo por el cual la angustia cuaja, solidifica al sujeto en la expectancia. Espera pasiva de aquello que se ubica como respuesta del Otro. Inercia subjetiva que, solidaria del no hay discurrir entre palabras,

indica que es eso y nada más que eso, lo que se indica con certeza. No hay engaño en su señal.

 

Es de notar que la palabra que define cómo la neurosis se paraliza en el aguardo, nombra en dónde el psicótico encuentra el punto fijo que sostiene su estar en el mundo. Que construye su ortopedia simbólica. El psicótico erige con su delirio lo suficiente de su verdad como para sostenerse, para entender; significar el mundo. Lo indudable que soporta. Convicción que aguanta.

 

 No se podría arrancar, ni intentar diluir, tal la certeza de esa soldadura necesaria. Que no puede no ser. Que es bueno que así sea, pues en esa certidumbre es que se sustenta esa parodia de sujeto. Que se sustenta. Que ancla ahí.

 

 La obviedad que se nos concluye es que remover la certidumbre, poder que eso se logre, indica una disposición que soporta tal movida. Hay lo que se mantiene si se mueve la fijeza. No se cae en términos de arreglo. No se sucumbe.

 

Esta frase es entonces pertinente para lo que se sostiene desde otro lugar que no es el de la inamovible certidumbre. Llamémoslo cuarto nudo, significante del nombre del padre, sinthoma, como quieran.

 

Bien, que lo que fija la angustia, en la neurosis, es la convicción que es del Otro que debe esperar la significación de su deseo, saber lo que le falta. Se hace notar como parálisis. Inminencia de saber que disuelve al sujeto en la pasividad de que advendrá. En la invalidez perpleja.

El sujeto queda suspendido de ese goce que le concierne.

Así es la certeza en la angustia. La que no engaña esperando frente a lo real del deseo del Otro, sin significado.

 

El acto hace aquí su eficacia, pues se hace lugar, apuntando que le atañe e inventado qué le atañe.

Arranca la certeza, conmueve al sujeto de esa espera y construye aquello que la extingue. El acto hace el espacio en que se juega, no espera el espacio para hacerse. La decisión del sujeto en dar el paso por y para donde quiera es fundante de que el acto sea acto.

El acto es la experiencia misma, no el efecto conseguido.

Encontramos la eficacia del acto, siempre que lo sea, si reemplaza la esperanza en lo que viene del Otro. Si reduce al Otro, si lo mengua, si lo excluye del cálculo.

 

El acto arranca al sujeto de la expectación alelada del Otro que no termina de entregar. Si dialectiza en aquello que se quiere, es decir inventa lo real del deseo del Otro.

El acto escribe una razón de lo real. Es la traducción contingente que inventa con lo que no cesa de escribirse. Hace decible lo imposible de decir.

 

El pasaje al acto saca al sujeto de la escena de angustia, el acting out coloca en el centro de la escena lo que quiere. Son versiones degradadas del acto que alivia pero no saben ubicar al sujeto por fuera del designio del Otro.

Orientados, no son acto, no terminan la apuesta que lo implica. Son, en el mejor de los casos, paliativos. Serenan pero no enseñan, no dejan escrito de saber hacer con ella y sólo se espera que vuelvan con su parcial eficacia. No dejan más marcas que reconocerlos como lenitivos.

 

Lo distintivo del acto es que autoriza a remover el deseo del campo del Otro y eso implica sujeto. Al acto conseguido se le supone sujeto. El que se levanta arrancado de la disolución en la invalidez angustiosa. Hace con lo que no engaña.

 

Así el acto se hace cargo de la decisión. Del paso. De la dirección que toma. Y es ese paso el que ya es. Sin la espera de que dé resultado tal o cual. Es la más fuerte escritura de lo deseante. Es su realización.

 

Heidegger en Ser y tiempo describe las distintas maneras que observa en que el Ser, intentando salir de la angustia, despliega alguna acción exigua y de muy corta mira para hacer con ella. Intentos exasperados de calmarse de esa “nada que atrapa la garganta”. Es en ese listado que no se le escapa incluir la “avidez de noticias”, cotidiana necedad que hoy se nos muestra anegando las horas de los días. Lo cotidiano nos lo cuenta por doquier. Esta escena, fácilmente reconocible, cuenta con el agravante que la diversidad tecnológica actual, multiplicada, favorece con exceso excitando nuestra espera.

 

Pocas veces como ahora, la ciencia y la cultura que la aloja, ha inventado algo superior para semblar el Otro que la Televisión y demás engendros afines, de sorprendente habilidad para sostener la imagen llamada “lo que pasa”.  Crónicas, noticias, sucesos, eventos, novedades.

Pegado a la pantalla, debe ser la frase más escuchada, en el relato de la avidez por un signo, de aquello que esperamos.

De común, lo visto, siempre bien aderezado con un cinismo difícil de empardar.

 

Descripción interminable, la acción en nuestro cotidiano, de esta engañifa de los aparatos, prometiendo inútil escapatoria, siempre fallida, y el olorcillo de una angustia invariable y cerca. Habilidad de pantallas de todos los tipos en el prensado de la significación para ilusionar una salida rápida y “a la mano”. La vemos en acción contando y contando lo que llaman realidad. Y por supuesto afianzando lo peor en la escena ineficaz. Eso nos raspa.

 

Y esta viscosidad ficcional que nos inunda –nunca más intensa que en el marco del estremecimiento político que nos sacude en estos meses, en que la estrategia de lo infame toma la manera de atropello cínico, de arbitrariedad temeraria, de vileza naturalizada –nos roba la mirada. Nos expropia albedrío. Nos azora el cuerpo.

 

Como una de tantas, la tarea de discusión y lectura en que nos encontramos ocupados puede ser llevada a la dimensión de acto que nos dirija. Que escriba de nuestro deseo subrayando lo que queremos.

En nuestro asunto, apuesta que dirá cómo desasirnos de esta nada aplastante e inscribir nuestra transferencia de trabajo en psicoanálisis, como una de las maneras para alcanzar la disolución de ese apresamiento. Sin ir más lejos, que nuestro trabajo de lectura integre el listado de acciones que practiquen un eficaz saber hacer con la angustia y se permita aspirar a generar olas.

 

 

 

 

*Esta nota está pergeñada en abril de 2016. A pocos meses de la asunción de un gobierno que aturdía con un cúmulo de medidas, que iban, unas tras otra, a desmantelar la ilusión que, para algunos, construyó la política llevada adelante la década anterior.

 

 

 

 

De su último libro “Emma Bovary, razones de mujer y otros ensayos”. Buenos Aires, Letra Viva, 2018.

 

 

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