Comentarios de una experiencia de lectura. A raíz del “Ulises” de James Joyce.

por Daniel Mutchinick 

dirigimos como los peces el rio/
vamos a caballo sobre lo incomprensible”
Luis Franco

me dicen que les explique mis versos y a mí
¿quién me los explica?”
Alejandra Pizarnik

Fueguinos
Jeuroz´21

Sobre todo de joven, los libros me capturaban fácilmente. Cualquiera que se ponía a mi alcance me invitaba a su lectura. Prefería aquellos de historias épicas, aventuras, con héroes, pero debo admitir que no era exigente en aceptarlos. Cualquiera. Cualquiera que prometiese. Si me gustaban mucho, aquellos de trama atrapante, no me era fácil dejarlos tras haberlos leído, apartarlos al llegar al final. Las últimas páginas, las que avistaban el fin de la lectura, se tornaban arduas. De tránsito espinoso. Hubo uno que me enredó especialmente y se convirtió en prototípico de esta gansada. Quizá porque era la saga de un familia llena de personajes queribles y que en las hojas se seguían sus avatares por generaciones. Me dolían las últimas páginas. Palabras que acercaban lo inminente de lo último. Hasta llegar a la palabra fin. Esas hojas fueron un abandono. Una agonía que disipé lo más despacio posible.

Pero lo inevitable no se evita y el final llega siempre con las últimas letras. Mi pena, pienso ahora, sostenía la ilusión de que un libro concluye con su lectura. La melancolía es alimentada por esto. Pero ¿Qué concluye cuando se termina de leer un libro? El amor del duelo no es más que sentido, entonces ¿qué termina al terminar de leer un libro?

A todo libro le cabe el sayo de esta pregunta. Es una generalización para todo libro pero algunos particularmente complican. Son los que no dejan que el sentido que los comprende sepa de ellos lo suficiente para saber que dicen. El que nos ocupa hoy es de esa clase. El “Ulises” se encarga con esmero de anonadar, pasmar, enmarañar, complicar, enredar, alelar. Y además es peliagudo avanzar en sus páginas, no digo llegar a la última página y ni mucho menos. De hecho la primera vez que intenté no me fue posible avanzar mucho y lo arrojé a los ´pocos capítulos como brasa en las manos. Tiempo después leí a Borges, que fiel a su teoría de que un libro que no gusta, no es para ese lector, debe ser dejado. Me alivió. Agregaba además que cuando se vuelve a un libro con el fin de releerlo no solo el libro no es el mismo, sino que el lector tampoco. Y agregaríamos nosotros el libro que construirá con su lectura será siempre otro. Pero esto se pierde en la coagulación que presupone “Haberlo leído”.

Le agradezco sin embargo al “Ulises” me ofreciera otra oportunidad muchos años después, donde tras ser alertado por la enseñanza de Lacan que supo hacerme saber que se puede entender sin comprender fui más lejos. Soportar leer sin comprender. Ahí lo leí o por lo menos lo seguí con ganas hasta la última página. Lo gusté.

Lacan llama debilidad mental a esta dificultad que entremete rápido el sentido conjeturándolo frente a cualquier palabra leída. Incurable estorbo, obstinada limitación, la más humana de las enfermedades. Nunca mejor dicho “debilidad”, debilidad para saber leer. En el saber leer. Que aplasta la lectura emperrándose en comprender. La comprensión es un objeto del cual los neuróticos nos enviciamos. Como el dulce de leche, es nuestra debilidad. Objeto completante de saber. Igual de equivocado. No deja caer.

Les contaba que la primera vez que intenté leerlo no pase más allá que algunas páginas. Lo despedí ¿me despidió? rápido. Sin embargo se nos aparece la pregunta, cuando eso sí sucede, cuando se lee todas las páginas y se llega a la palabra fin ¿qué se acaba? Se acostumbra decir “termine de leerlo”. Y también se dice a veces “lo volvería a leer”. Si se puede decir voy a volver a leer tal libro ¿es que se lo termino cómo para pretender volver a leerlo? Parece que sí.

Hemos aprendido abrevando en autores varios, la matematización que intenta Lacan es una fuente cercana, la idea de la letra muerta. Que así muerta nos espera en el libro y hoy día vaya a saber en qué pantalla o a vaya saber dónde, en antesala de la lectura que la vivifique. Que la reviva el lector que le haga entregar lo que porte ahí. Que en ese encuentro algo diga y que tras él vuelva a su nicho en nueva espera infinita. Quizá algún sentido logre en ese tropiezo atravesar al lector, y que al decirse pierda inevitablemente lo que nombra.

Un sentido que coagula esa letra en aquella comprensión que se le adjudica, es lo que hace posible imaginar que una lectura es terminable y que puede ser releída y reencontrada. Así un libro es terminable. El sentido duerme la letra hasta la próxima lectura. Por el contrario, la incomprensión no admite somnolencias. Como lo real imposible, insiste.

Hay algunos libros que no entregan su escritura. Discuten el sentido palabra a palabra, renglón a renglón con artilugios que no le dejan a la lectura la comodidad de establecerse. Pienso en La Tora, el libro que Dios dictó para los profetas hebreos que lo llevaron al escrito y que por su singularidad en la puntuación, que indican las vocales, no deja anclar comprensión a la frase y exige disputas de interpretación. La entonación de lo oral y el pasaje a lo escrito. Que qué se dijo ahí. Por estas diferencias de interpretación es que los judíos se hicieron pueblo. Se construyeron alrededor de la discusión de qué era lo que Dios les dijo. Para establecer la verdadera lectura que por supuesto nunca se consagró. Hoy por suerte también tenemos establecedores, situados en la línea de medievales inquisidores, que nos ahorran el trabajo de dudar al pasar secuencias orales de algún seminario al desgrabarlo para su publicación. Establecimiento perfecto que economiza controversias y quita melindres que vaya uno a saber en qué terrenos peligrosos y heréticos terminan. Además tiene el beneficio unificador de convertir el texto que cometen en lectura sagrada. El establecimiento crea sin duda religión.

“Ustedes los cristianos no entienden que el texto sagrado era oral” - decía en el “Baudolino” de Umberto Eco un rabí judío casi gritando en una acalorada discusión sobre el texto sagrado - “Dios les hace oír sonidos no les muestra figuras. La voz suscita imagines que no son inmóviles, cambian según la melodía del sonido. Si queréis reducir a imágenes esa voz congeláis. Cuando el agua fresca se vuelve hielo no calma la sed, adormece y lleva a la muerte. Las imágenes se transforman unas en otras como en los sueños y no como las imágenes de las iglesias donde las cosas permanecen siempre iguales a si mismas.” Brillante descripción del la preponderancia de lo oído sobre lo visto. De esto se encuentra mucho en la poesía, en el nacimiento de la lectura antes de hacerse silenciosa, y en las palabras que se le imponen al psicótico, pero no nos adelantemos.

A un pintor que había sido escritor le preguntaron ¿porqué ya no escribe?. El contestó, “si Van Gogh hubiera escrito antes, no se hubiera cortado la oreja”.

Hay otros libros que no necesitaron artilugios para gambetear el sentido. El propio estilo literario sostiene la tarea. A principios del siglo XX, por ejemplo, se puede encontrar algunos autores embarcados en quitarle a las palabras la obviedad que se les supone decir y hacer explotar novedades. Encontramos entre ellos una escritora como Gertrude Stein que desarrolló en el vanguardismo modernista en auge en Europa, su pelea por el derecho al lesbianismo. En un relato “Miss Furr and Miss Skeen” en la que defendía el derecho a esa elección sexual, escandalizó a la cultura a la que pertenecía pero no sólo. Insistió tanto en ese texto con una palabra que le parecía apropiada para nombrar esa práctica sexual, la palabra “gay”, “alegre” en inglés, alguno que lo leyó la contó más de cien veces. A partir de ahí gay fue sinónimo de homosexual. Cambió el sentido de la palabra y rebautizo esa práctica. Impecable tenacidad para que la alegría se lea en lo que era una maldición. Como para no confiar en la creación.

Así, con ese estilo revulsivo para con el sentido cosificado, escribió “Poemas Antipatriarcales”. Dice espantando ahí: “Es lo que ellos hacen es lo que ellos hacen es lo que ellos hacen ahí afuera y afuera y lo dejan al significado de su por su con su permiso haciendo permitido lo que es” dice trabalenguando su pelea con el idioma inglés. Diciendo cualquier cosa y también absolutamente nada. “Es no ganancia es no ganancia A es no ganancia Es AA es no ganancia“ es otro ejemplo de un estilo que juega con la no comprensión para hacerse entender. Explosión de la lengua usada para crear libertad en el entendimiento.

Cuenta Borges que la primera vez que escucho un poema fue de niño en la casa de sus padres en ocasión de la invitación que le hicieron a Evaristo Carriego. Recuerda:”No entendí nada. Pero me fue revelada con la poesía que las palabras no eran sólo un medio de comunicación sino que hacían magia”.

En su “Ulises” Joyce muestra este trabajo con la lengua en un extremo que pone en cuestión lo qué estamos leyendo. No sabemos si tocado por este estilo de escritura, de moda en las vanguardias literarias y que él no debía desconocer o por otra causa de ordenamiento subjetivo en las que se adentra Lacan, escribe como escribe. El se ilusiona, dice en una carta a Lineti, su amigo italiano, en los comentarios a raíz de la aparición del “Ulises”, con que por cientos de años los universitarios intenten comprenderlo. Bueno no parece por este comentario que estuviera desprevenido del perfil que tomaba su escrito. Se entiende que tenía alguna esperanza en lo incomprensivo de su texto. No podríamos arriesgar cuanto de volitivo y cuanto de inexorable. Lo que buscó, lo que encontró, lo que se le presento ineludible. O hizo un estilo con esas palabras que se le imponían y las arrojaba al escrito. Saber hacer con lo que se impone no es poco.

Apenas encontrado en el “Dubliners”, atisbado en “Retrato de un artista adolescente” explotado ilegiblemente en “Finnegans Wake” fue una escritura que indagó a Jacques Lacan. Y es desde esa interrogación que pergeño una nueva forma de idear la psicosis. Más sólida. Más sostenida. Pero no sólo Lacan pensó en la psicosis al leerlo, Jung dijo del “Ulises” que tenía un estilo esquizofrénico. No conozco que haya hecho algo con esto.

La cuestión es que en sus páginas aparecen las palabras desbocadas, inventadas, ingeniadas, malhabladas, blasfemas, injuriosas, cantando, coreando, solfeando, chisteando, asonantes, híbridas, neologismicas, repitiendo, aludiendo, apuntando, transfigurando, aguijoneando, variando, discordantes, desprolijas, indecorosas, insultante, obscenas, vejatorias, provocadoras, reventadas, extranjeras, inentendibles, humilladas, oprimidas, díscolas, revoltosas, seguras y a veces no. A veces no. Muchas veces no. A la vez que arroja a nuestra lectura cascotes de real en el límite de lo soportable en el párrafo siguiente cuenta, relata, describe. Se hace entender. Nuestra lectura agradece esas islas de tierra firme. De poder hacer pie en algo. Dice ahí, con suavidad, con armonía. ¿No quisiera responder la pregunta que se nos anuncia sobre esa feroz diferencia? ¿Cómo es que puede? O mejor dicho ¿qué es lo que se logra en ese ejercicio? Una muestra de cómo sorpresivamente lo inconsciente se sostiene por saber hacer con lalangue. Se aparece y no se aparece este ordenamiento. En un capítulo, creo que el 14, los paréntesis separan estas dos maneras de lo escrito. Pone entre paréntesis lo comprensivo, un relato cualquiera que seguimos esperando que siga y cuando cierra paréntesis vuelve a explotar. ¿Chiste? Se abona al inconsciente, se desabona. Se le impone y no.

No siempre es tan clara la diferencia. Es común seguir inocentemente una frase e ir a parar a Dios sabe dónde. Te lleva, te conduce, te sumerge, te extravía. Pero si estaba ahí. Si recién estaba ahí. Muchas veces me las arreglé siguiendo leyendo. Y sí, junto dos gerundios, el me lo enseño.

A esta loca tormenta de palabras Lacan las llama palabras impuestas y las presiente causadas por una alteración de la estructura neurótica que entendía borromeanamente. Es decir con el nudo borromeo de tres anillos. Pero mal anudado. El nudo se anuda mal. Para que el nudo sostenga su borromeo, solidarios en no soltarse, deben alternarse en pasar uno por arriba y otro por abajo. Si no se cumple no se cumple. Se sueltan.

Lapsus del nudo llama a esta falla en donde el redondel simbólico al no pasar como conviene sobre el imaginario llega al redondel real uniéndose a él como dos aros y deja suelto el redondel imaginario. Lapsus alude a inconsciente. Le llama lapsus a esta alteración que justamente desabona del inconsciente.

Justamente ahí una reparación se produce, se abrocha la falla ahí donde se soltó el redondel imaginario restituyendo el nudo borromeo de tres remendado. Algo de lo inconsciente se remeda, se parodia. ¿Será algo de la respuesta de lo que nos inquirió hace unas líneas cuando se mostró junto a un estilo civilizado de escritura la explosión brutal?

Este cuarto nudo, llamemos así a esta sutura, es un inteligente invento que aporta Lacan para inaugurar. Sostiene la estructura borromeíca en una reparación que se las trae. Ya estamos cuatro. En el caso de Joyce este cuarto es producción, repara la falla de anudamiento con creación. En este caso escritura. Hace las veces de Nombre del Padre este saber hacer que sostiene la estructura, dice Lacan. Construye un padre en ser autor consagrado.

¿Es loco Joyce? Parece que Lacan piensa que si. Pero de una nueva manera. Más sólido a la disgregación. No se desestabiliza por la acción eficiente de la fortaleza del emparche que anuda el lapsus. Es función de Nombre del Padre y bajo forma de creación que instaura. Pero con síntomas que Lacan anota. Síntomas que para Lacan dicen psicosis. Desarraigo de su ego (reacción apática de Stephen Dedalus a la paliza que sufre en los finales de su supuestamente autobiográfica “Retrato del artista adolescente” ), tormenta de palabras impuestas, epifanías. Puede ser.

Lo que me importa ahora no es si lo es o no lo es sino la estructura que Lacan construye suponiendo que sí. Si Moisés fuera egipcio. Porque se nos muestra otra idea de psicosis. Una psicosis sin desestabilización. Bien amarrada por el emparche que repara, sostenida por aquello que como Nombre del Padre está en su lugar. Que mientras funcione no explota.

Que novedad para los que entendíamos la psicosis en Lacan como lo que se sostenía con fragilidad y que reventaba en deliro restituyente. Seminario 3 dixit.

La certidumbre psiquiátrica tambalea. Otra vez. Cada avance de Lacan disgrega la eficacia psiquiátrica. Nuevas dimensiones se abren aquí en un campo de dudosa nominación diagnóstica. Para nuestra intranquilidad los límites de neurosis y psicosis no siempre son tan claros. Ni claros sus procesos. Nueva oportunidad para discutir con la medicina el campo que nos atañe. Me parece que muchos más de los que escucho están en veremos respecto a la psicosis.

Se difuminan aún más los imprecisos límites en la observancia de lo que turbiamente se nombra como locura histérica o el borroso mapeo clínico de las concepciones de la Escuela Inglesas. Melanie Klein sin ir más lejos y su fenomenología ideada en el pasaje entre estructuras, de neurosis a psicosis ida y vuelta por la vicisitud del montante de pulsión de muerte, que disgrega en psicosis pero acepta la reparación que reneurotiza. Tal la suerte de un psicótico por analizarse con un kleiniano pues podría curarlo a neurótico. Que fácil se nos confunde entonces la estabilización psicótica lacaniana con la neurosis recompuesta kleiniana. Esto sin caer en el gran pantano de los “borderlines” adónde fueron a parar tantas dudas que en el psicoanálisis han sido.

Tomar esta elucubración que idea Lacan a partir de Joyce, hace un lugar central a lo que anuda el nudo por reparación y lo sostiene donde se falla y se desparrama como aceite en la concepción de la neurosis repensándola. ¿Sólo en la psicosis? No parece. Este cuarto nudo parece que repiensa los tres originarios como homólogos y que los anuda sosteniendo una nueva estructura de borromeo neurótico. Ubica al síntoma en un lugar distinto y aunque ahora lo llamemos sinthome guarda la línea con el saber hacer. Desembrollarlo, saber desembrollarlo. Saber hacer con el síntoma que molesta construye sinthome.

Muchos psicoanalistas advirtieron esta versión de lo que el síntoma sostiene de uno. Tenemos en Winnicott una fuerte escritura de esto pero nadie llego tan lejos como Lacan para ubicarlo de tal manera en lo que sostiene. Este saber hacer de la psicosis enseña sobre el saber hacer de la neurosis.

El modo de las paginas psicóticas o quizá no, solamente modernas, es brutal. No sólo porque es la forma que pide para cometer su lectura, leer sin pausa hasta el próximo punto por lo menos. Sin dejar que el sentido ausente nos detenga. Que la pausa que sin embargo llega produzca lo que sea. La sorpresa de una sonrisa, el deleite de la belleza, la mueca de disgusto, la sensación erótica de la descripción justa del cuerpo. Ladrillos de palabras que a veces nos deja en blanco con alguna pregunta o quizá ni eso, como tontos quedamos afuera de una conversación en lengua extraña. Pero que dice lo indecible de la mejor manera. Retruécanos, agudezas, lances, trabalenguas, juegos de palabras, ocurrencias, buen sabor de recorrerlas sin saber nada después más que qué se las recorrió.

Convengamos uno es secretario del libro. Esta ahí atajando todos los despadres. Y se deja anotar lo que queda. Lo que se anota.

No me decidiría a nombrar el “Ulises” como una novela. Está dividida en capítulos, eso sí. Pero lo principal me parece que no es lo poco que cuenta. Casi no cuenta nada. Pero sí, no para de anotar ocurrencias. Una tras otra. Es cuando no cuenta qué sucede. Que algo suceda no importa. Pero en cada página intenta ocurrir algo. Y ocurre. A veces se comprende y otras veces la ocurrencia es transitar lo ilegible.

No es fácil decir que uno leyó argumentos por la propia. Puede ser, sucede. Pero saber de la historia que atraviesa el libro no siempre obedece a una virginidad en el acercamiento a él. Como en ningún otro, los comentarios preceden. La cualidad especial de éste organiza casi sin querer advertencias, presupuestos, aclaraciones. Que es la historia de un día de caminata por Dublin de un hombre judío llamado Bloom, en camino al entierro de su amigo Paddy Dignam y que inaugura de manera fulgurante una forma en la literatura moderna: el monólogo interior. Sí, eso se lo puede leer solo o quizá porque uno esta advertido por miles de voces escuchadas antes de tomar el libro y lee algo que es difícil de armar sin ese prejuicio. A a veces se entiende algo en un párrafo o en una secuencia de ellos, pero no tarda esa claridad en desabonarse en epifanías.

Y ese es el tesoro. No hay anécdota que baste. Lo principal es lo que eso anuncia. El vendaval, el huracán, a preparase porque vienen esas palabras. Esas enganchadas por el anzuelo que picó lo real. Es la gran pregunta ¿se anuda algo ahí más sólido o son intervalos ex profeso de un estilo que promueve no ser entendido, más bien buscar el que por trescientos años no se lo entienda? “Si lo revelara todo de repente perdería mi inmortalidad” confiesa a Lineti, “he metido en Ulises tantos enigmas y rompecabezas…”

Una ocurrencia de entre todas toma vida propia. Por su belleza loca, por su desenfado catártico, por su estilo emético, su decir imparable, sin sujeción posible, remedando la pasión, incitando a ella, parodiando orgasmo, no acaba hasta que acaba. Y con eso termina este escrito. En voz de ella. De Molly. ¿Era por esto la censura? “Su mujer se deja joder si y bien jodida casi hasta el cuello y no por él 5 o 6 veces sin bajarse ahí está la señal de su esperma en la sabana limpia…” “Dejo libre de pronto en rebote su elástica liga pellizcada caliente chascante contra su chascable muslo de mujer en caliente media” “La última vez que se me desahogo en el culo fue la noche que Boylan me dio el gran apretón.”

Transita este escrito el aniversario de la muerte de Joyce y es que me encuentro con una frase de Borges que admite que no lo había leído completo y dudaba que nadie lo haya hecho. Que suscribe esta impresión de que es difícil estar sin esa imposición tilinga de tener que entender y soportar la lectura. Incluso esa propaganda que lo persiguió al Ulises de pornografía satánica parece no era más que un acompañamiento que nadie podría ratificar salvo la prevenida boludez de los censores al leer el título.

Es así que uno encuentra lo que se supone debe encontrar. Lo que hemos oído que ahí dice. Recorrido por restos de lo conocido. Una guía que encuentra y reconoce con el amor y la perplejidad de los que nos antecedieron, andantes anteriores.

Del “Ulises” se dijo interminablemente todo, y más que eso, más que interminablemente todo. Interpretaciones que adhería a cualquier cosa, la gesta de los judíos, la lucha y resistencia del pueblo irlandés, su catolicismo levantisco, rebeldes insurrectos griegos, mujeres amadas hombres cornudos. Que cada capítulo sigue tales lineamientos, que tal cosa, que tal estilo y que siguen un esquema escrito de antemano. En realidad dos. Un esquema que hasta el mismo Joyce dudó en confiar sólo a sus íntimos como guía para leerlo. Para seguir ¿Qué?

El mismo traductor que anotó los dos esquemas interpretativos en la versión castellana, el esquema Linati y el esquema Gilbert Gorman dice: “ponemos en manos del lector este material, con la esperanza que no lo tome muy en serio”.

Con todo y Joyce ayudó a eso, se lo entrelazaba se lo fundía se lo entendía y se lo traducía se lo explicaba. No debe haber otra escritura que creara tantas ilusiones de que era a esto a lo que se refería, que decía esto. Que indicaba esto. Que quería revelar esto. Ya pasaron cien años faltan doscientos. No hay porque esperar que deje de producir. Lo que sea. Que cada vez de la vuelta por algún lugar inesperado no sabido. Como todas las palabras pero más. Mejor hecho. Nadie hizo mejor diciendo lo indecible. Genialmente hecho.