Luis Langelotti

Del trauma colectivo a la reinvención de la vida: ¿cómo superaremos esta tragedia?

Fotografía: "Luz Mala"
Jeuroz-2016

La noción de trauma y el psicoanálisis prácticamente han nacido de la mano. No hay psicoanálisis sin concepto de trauma (y la experiencia que este implica inclusive para la constitución subjetiva) así como tampoco ha podido pensarse ni reflexionar sobre el trauma sin pasar, inevitablemente, por la teoría y la clínica psicoanalíticas.

En Freud, el trauma es un exceso cuantitativo en la ficción teórica de un “aparato psíquico” inicialmente ordenado en la tópica de lo conciente, lo preconciente y el inconsciente. El trauma es aquella idea que sirve, sobre todo, para explicar cómo ciertos estímulos de lo real impactan de manera disruptiva en la subjetividad dejando huellas o marcas que motorizaran posteriormente la “compulsión a la repetición” del displacer generado por esa misma vivencia de dolor. A partir del pensamiento de Lacan, trauma es una referencia a la falta en el Otro. Traumático es que el Otro (lo simbólico, la cultura, el lenguaje) no responda, falle, falte a la cita o no salga al encuentro de mi demanda. Es el primer mojón, en las vicisitudes infantiles con relación al goce.

Determinadas contingencias de la vida pueden renovar esa experiencia estructural por la que todo ser hablante transita en los tiempos primitivos de su advenimiento como sujeto deseante. Es decir, volver a quedar en posición de objeto interrogando al Otro barrado: Che vuoi? (¿Qué deseas? ¿De qué gozas?). Nada más delirante que atribuirle un deseo o un goce, proyectarle una intencionalidad a un fenómeno tan asemántico como lo es un virus. Sin embargo, las respuestas fantasmáticas estuvieron a la orden del día: conspiraciones, complot, mensaje de Dios, llamado de la Madre Naturaleza, virus chino, vacuna comunista, Nuevo Orden Mundial, chips, Soros, Bill Gates, etc.

Una crisis sanitaria global como la que aún continuamos viviendo a causa del coronavirus, puede pensarse como un trauma comunitario o trauma de lo que Fernando Ulloa llamaba la “numerosidad social”. Se trata de un hecho histórico semejante a una guerra o al terrorismo de Estado, con todas las consecuencias psíquicas o subjetivas que estos episodios conllevan a nivel individual pero también a escala societal.

Al momento de escribir esta nota se cumplen 45 años de la última dictadura militar y 39 años del conflicto bélico en las Islas Malvinas. Episodios traumatizantes del tejido social, heridas que quedarán por siempre en la memoria histórica de nuestro país y de nuestra sociedad y que conllevarán un trabajo de superación simbólico, lo que se dice un duelo, para habilitar así la subjetivación de la pérdida en todos y en cada cual.

Volviendo sobre esta situación pandémica, lo que primordialmente se vio afectado fue el nexo social. El vínculo con los otros. No estoy diciendo que la afectación haya sido lineal en todos los sectores sociales ni en todas las subjetividades, dado que en algunos casos descoció el tejido social o la trama comunitaria y, en otros, al contrario, fortaleció los lazos, tornó más presentes a los amigos, vecinos y familiares (fundamentalmente de modo virtual, aunque no sólo) y motivó acciones conjuntas solidarias de mutuo apoyo vincular (promovidas estatalmente o espontáneas).

Lamentablemente, un halo de poderoso individualismo parece haberse apropiado del pensamiento de algunos profesionales de la Salud, en general, y de la Salud Mental, en particular. ¿A qué me refiero? Al rechazo o a la desconsideración sintomática de lo que determinados investigadores han denominado trauma social, histórico o colectivo –según el caso–. Me refiero a pensadores provenientes de distintas disciplinas como Dominick LaCapra (historiador), Paul Laurent Assoun (psicoanalista) o Ignacio Martín Baró (psicólogo social, filósofo y sacerdote jesuita).

Inclusive, a ciertos psicoanalistas parecería habérseles pasado por alto el pensamiento del propio Freud en su texto Moisés y la religión monoteísta, donde el maestro vienés se autoriza a utilizar el psicoanálisis como una herramienta para pensar críticamente una analogía entre la génesis del fenómeno psíquico individual (trauma temprano–defensa–latencia–estallido de la neurosis) y la génesis del fenómeno social representado por la formación de instituciones de la Cultura tales como la religión (a la que calificaba, no casualmente, de obsesión universal).

Por mi parte, no vacilaré en afirmar el carácter traumático individual y colectivo de la situación que le ha tocado vivir a la humanidad. La pandemia dejará restos al mejor estilo de un trauma social, de un desastre histórico o de una catástrofe colectiva. Un acontecimiento inesperado en donde lo real se ha impuesto sin previo aviso, chocando de manera radical contra nuestras defensas psíquicas personales pero asimismo avasallando las barreras que la civilización creyó haber establecido como muros infranqueables frente a lo imprevisto de la existencia (lo imposible, el destino, la fatalidad). La expansión de un nuevo virus representó el advenimiento de lo fortuito de la naturaleza en oposición a la calculada rutina de la vida citadina, racional y predecible, pero también significó el impacto de lo real en tanto que escapando a los registros simbólico e imaginario que organizan entrelazadamente nuestra realidad subjetiva.

Es una postura ética estimar que la situación colectiva ha sido –y lo seguirá siendo por mucho tiempo más– traumática, dado que ha venido a poner de relieve nuestra demasiado humana vulnerabilidad. Ante todo, como mencionaba más arriba, lo que se puso en cuestión de manera radical durante esta pandemia contemporánea ha sido el lazo social. Desde el pensamiento psicoanalítico, sabemos de la importancia del Otro y, en especial, del deseo del Otro para el sostenimiento del sujeto en la trama de su propio deseo, del goce y del amor.

La pandemia ha sido traumática, inclusive, en el doble sentido que el trauma conlleva para el campo psicoanalítico. Como aquello que puede, o bien aplastar, o bien producir al sujeto, dependiendo de cómo este último responda a ese llamado oscuro del existir, punto de inflexión decisivo en el proceso de división del sujeto. La angustia puede motorizar o paralizar, lo que no podemos es no pasar por ahí. En este sentido, esta coyuntura dramática social nos ha hecho más responsables (hemos tenido que responder, de alguna manera u otra). También nos ha vuelto más concientes de nuestra finitud.

Además, el otro rostro de toda crisis es la reinvención, el re-anudamiento, volver a enlazar las partes fragmentadas por el dolor de una manera singular, original, única e irrepetible, apostando a los recursos subjetivos personales pero sin descuidar tampoco que la herramienta principal para todo ser hablante siempre será el otro ser hablante. Es decir que, como en su momento dijo el Presidente de la Nación Alberto Fernández haciéndose eco de las palabras del Papa Francisco I, “nadie se salva solo”. Lo que en términos del psicoanálisis significa que, si la pandemia ha sido un trauma de carácter social, histórico o colectivo, resulta impensable creer que la salida puede ser individualista, yoica o puramente personal (ya se trate efectivamente de individuos o de pequeños grupos secesionistas).

Todo duelo, toda escritura de la castración, conlleva un componente social irreductible (un psicoanálisis es un lazo mínimo, pero un lazo al fin). No hay tampoco un proceso de subjetivación que pueda pensarse ex nihilo ni en la soledad del ermitaño. La dimensión del Otro es fundamental, pero no sólo del Otro abstracto sino también del Otro encarnado, más allá incluso del otro especular. Ni in absentia ni in effigie estamos todavía en el verdadero plano del mundo humano, reflexión a considerar con respecto al exceso de confinamiento y de virtualidad.

Finalmente, es menester considerar que de ésta saldremos entre todos y todas, entretejiéndonos mutuamente, entramándonos recíprocamente, sin segregaciones ni posturas “de excepción”, es decir, sin buscar chivos expiatorios a los que culpabilizar por esta tragedia (haciéndoles pagar los platos rotos al inmigrante, al anciano o al pobre) ni exceptuándonos de las reglas establecidas por la comunidad ya sean protocolares o simplemente humanas, como aquella “ley más vieja” que conoció Antígona y que habita en cada uno de nosotros, aunque muchas veces la olvidemos por priorizar estultamente los bienes y los objetos de consumo que el sistema capitalista crea para alienar y someter.

* Luis F. Langelotti. Psicoanalista miembro de Épsilon – psicoanálisis del oeste. Autor de “Faltar en ser: estulticia o desasimiento” (Agujereando el Techo, 2019). have made quality our habit. It’s not something that we just strive for – we live by this principle every day.