Poesía

Psicoanálisis

La función de la negación

Una conversación con Rodolfo Kusch

por Eleonora D'Alvia

La resolución imperfecta
por Juan Eugenio Rodríguez


Archivo
Año 2018

Reseñas de interés

Nota para estos días
por Daniel Mutchinick

La palabra en la hoguera

por Leónidas Lamborghini

 

 LENGUAS DE SOBREMESA

 

I

 

Ella es el hueso,

los modos de la mortaja,

algunos espasmos de sentido

en el cuchillo de la noche.

 

El género es un residuo,

un gesto instantáneo. Abolido el centro

seremos monoculares y permutas,

versiones espurias de algún deseo.

 

En el teatro de la ambigüedad

yo soy tu doble:

la seducción inútil del agonista.

 

Y en estas vacilaciones diré de las caricias

en las vértebras, pero no más.

Ella es el otro de lo que habla.

 

 

 

EMPIRIA DE LOS BOSQUES EN ABRIL

 

1

 

Canto a lo inerte

y al hambre

de lo inerte que soy.

 

Alma de agua

que escribe en el arenal

la memoria de la piedra.

Hambre que a la roca estremece.

 

 

 

 

 

QUIROFANÍAS

 

 

1

 

                         A Elpidio Isla

 

escribo con un marcador de 0,1 mm

en la pared blanca, escribo

en la blanca pared ahumada

por 2437 cigarrillos, escribo

sobre las cosas que aparecen en mi vida

para que no se solapen

para que permanezcan visibles

y golpean la puerta y escribo

que golpean la puerta, luego silencio escribo

 


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XIV

 

 

la justicia social: cada tarde. las tardes. las audiencias.

son almas destrozadas desfilando. me dicen:

en voz baja.

me dicen: sus casos. los más raros. los más difíciles.

me dicen: qué hacer. sus más íntimos. sus casos. el

                 hambre. la miseria.

me dicen: les han hecho caer. en voz baja. me dicen: el dolor.

hombres y mujeres: les han hecho:

la injusticia.

por ejemplo esa mujer. por ejemplo: arrojada. qué hacer.

cada tarde: casi al oído. cada tarde y casi: llorando.

                   muchas veces.

por eso.

porque yo.

porque conozco: las tragedias. los pobres. hombres y mujeres:

en voz baja. las víctimas. los explotadores. les han

                   hecho: el dolor

por eso:

la justicia inexorablemente. la justicia qué: cueste lo que cueste

qué: caiga quien caiga.

cada tarde los pobres: son almas. me dicen: les han hecho la

persecución. por ejemplo: esa mujer arrojada. me dicen.

                    qué hacer.

por eso: veneno y amargura en...

por eso: grito hasta. por eso afónica cuando en... por eso la

indignación en... se me escapa.

cada vez: el veneno más.

cada vez: la amargura más.

cada vez: hombres y mujeres. esa mujer. por eso que

                   mis insultos

latigazos. por eso que mis insultos cachetadas: a los

                   explotadores.

en plena cara. que les hagan. porque yo. porque conozco:

hombres y mujeres: les han hecho el dolor. Les han

                   hecho la miseria.

son almas. les han hecho la persecución. les han hecho

                   la injusticia

por eso afónica.

por eso: qué hacer.

por eso qué: cueste lo que cueste.

por eso qué: caiga quien caiga.

 

 

 

XV

 

 

contra todo privilegio: mis obras. allí yo pongo.

allí. mis obras nacen.

lo mejor es que vengan.

lo mejor es que vean. mis obras:

una gota cayendo. sobre. contra. cien años de... la

                   injusticia

de un siglo. océano. un... la raza explotadora. contra.

allí mis obras: a mí me ha tocado.

a mí: destruir con mis obras. contra toda... mis obras nacen.

destruir: la limosna. yo sé que aún.

destruir: las monedas que dejaban caer. una gota.

                   miserables.

las monedas: frías.

mis obras contra. mis obras nacen.

los asilos: allí se pinta. cien años. la injusticia que es:

                     un océano.

este mundo. allí de cuerpo entero: toda. las monedas. la raza

explotadora. la oligarquía. allí se pinta: un océano.

A mí me ha tocado: destruir. contra. allí yo pongo: mis

                    obras. nacen.

las paredes deben ser: nacen.

las mesas deben ser. nacen.

las vajillas deben ser. nacen.

las ropas deben ser. nacen.

los dormitorios deben ser. nacen.

las flores deben ser. nacen.

es mejor que vengan.

es mejor que vean.

allí yo: nacen. una gota cayendo. mis obras contra. yo

                     sé que aún.

una gota en un océano: cayendo. allí.

un océano de: que es este mundo. una gota cayendo en: la

injusticia. un océano. mis obras contra. yo sé que aún.

 

 

 

XVI

 

 

no funcionario: pájaro. así lo he querido. la libertad:

yo siempre.

mi revolución: yo siempre. creo que nací para...

así: pájaro suelto en un bosque. inmenso.

pájaro no encadenado. no a la gran máquina. no al estado.

pájaro: no a sueldo. no funcionario.

pájaro: siempre me gustó. he querido vivir. creo que nací.

 

 

 

 

LEÓNIDAS LAMBORGHINI

1927- Buenos Aires, Argentina

 

Crónicas del Nunca
por Eleonora D'Alvia

 

ALICIA EN EL PAÍS

                          a Charly García

 

 

I

 

ALICIA EN EL PAÍS

 

 

Al filo de la caída Alicia

En la pegajosa jalea fascista

 

Un sinnúmero de simpatías aviesas como

Sobadita de lomo.

 

Mientas

 

Preparan la picadora.

 

Un sinnúmero de parientes artificiales

En la diniestra de nuestro país.

 

Una gran famiglia.

 

 

 

II

 

TUBEROSA CAÍDA

 

No vamos

a caer en la tentación fascista de cada día

al arrollarnos con la carne de los caídos

en desgracia.

 

Ojo

 

Es el tántrico fulgor de la torta ajena.

la opulencia de los tanathos

que se comen nuestro pan.

 

 

III

 

A VER A VER

 

qué se verá hoy

será nuestra caída y la otra.

 

La caída de los fachos

arrollando nuestro suelo

 

limándonos

prometiendo nuevas pobrezas.

 

 

 

IV

 

ALIMENTO

 

Aliento a miedo pánico

ante la inclemencia del tiempo de los crueles.

 

 

 

Editorial

 

 

(...)

 

Un ejemplo paradigmático de nuestra época son los “juegos virtuales”. Sabemos del crecimiento de muertes súbitas de jóvenes que no pueden sustraerse de las técnicas de entretenimiento. Aclaro lo de técnicas porque no considero a esos entretenimientos un juego. Empezando porque no tienen corte, se vuelve a ellas una y otra y otra vez sin parar. El principio que rige a estas técnicas es el rizomático, su desarrollo es indefinido. Te regala vidas infinitas. Su funcionamiento es un circuito que se reinicia de manera permanente. Aunque haya pausas, ese circuito no se interrumpe. Por otra parte y a la vez no tienes que decidir absolutamente nada, lo que tienes que hacer es seguir atentamente las órdenes. Esto también es válido para las redes sociales. Es un conjunto de imperativos que tienes que seguir. Todo aquello que haces allí no tiene ninguna consecuencia, esto último es el componente hipnótico que subyace.

Sabemos de las consecuencias de estar capturado en un limbo, donde se suspende el tiempo, la muerte, donde solo permanece la voz que emite la orden. Una voz áfona, muda. Su resonancia metálica, fría.

El emplazamiento técnico deja a la orden como puro significante desprovisto de todo lazo social, ya no discurso.

 

¡Vete de aquí ave fría! (2)

 

Dirá Macbeth ante los malos augurios.

 

 ¿se consigue abolir el tiempo histórico? ¿es posible abolir la muerte como derrotero existencial?

 

Todos los mañanas avanzan con su paso tardo y quedo

hasta la última sílaba registrada del tiempo,

para alumbrar a la locura el camino, hacia el polvo,

de los muertos.

¡Apágate, antorcha pasajera!

La vida es una sombra que camina en el viento... (3)

 

Billy Bud*, el condenado a muerte, en la celda solitaria, imagina una escena luego que lo arrojen por la borda del barco y su cuerpo se hunda en la inmensidad del mar. En qué roca irá a encallar su cuerpo, el silencio definitivo.

 

-Mis ojos están nublados. ¡Ay! pero si ya estaré viajando hacia el fondo del mar. Dormido entre la algas marinas que me darán abrigo, voy a soñar.

 

(...)

 

 

 

Artículo completo

 

Obra de tapa:

Entre máscaras
Fotografía y edición: Jeuroz'18

 

Obra de reseñas de interés:
Vermelha

Jeuroz'18


www.fuegos-delsur.com.ar

Edición trimestral: Versión completa en computadora. Tablet o móvil versión reducida

 

 


LOS TÍTERES

 

 

I

 

el guignol. los títeres. lo brutal

de los títeres. lo feroz

de los títeres con lo que buscan. lo

que buscan los títeres: abrir

los brazos. y hacer el mal.

 

 

II

 

los títeres te buscaron. y te

desnudaron. y abrieron los brazos. y

te abrieron los brazos. y bailaron

su danza mejor. con burlas mejor. con

risas mejor. gritando mejor:

fue inútil aullar.

 

 

III

 

los títeres en el infierno. en el

guignol del infierno. con burlas y con risas

mejor. danzando

su alcohol de horror. de vorágine. de

hundirse. luchaste

de blanco con los títeres. contra: hasta que.

hasta que muerta de ilusión

sin decirlo. de blanco de ilusión. hasta

que tu historia allí desnuda: hasta que muerta.

 

 

IV

 

no pudiste. no pudiste alcanzar.

no pudiste. no pudiste la ilusión. no

pudiste el horror. no pudiste

a la danza. no pudiste decirlo. no

pudiste a la vorágine. no pudiste. no pudiste de blanco

no pudiste. no pudiste a tu historia. no

pudiste a lo brutal. desnuda. a lo feroz. no pudiste al guignol.

no pudiste. no pudiste al mal que abre los brazos. no pudiste

al infierno. no pudiste. no pudiste vencer a. no pudiste a los títeres.

 

 

 

LEÓNIDAS LAMBORGHINI

1927- Buenos Aires, Argentina

1.

 

Los audaces impulsores de una esforzada revista literaria me ofrecieron cierta vez --más que generosamente-- la oportunidad de ocupar su sección “El oficio de poeta”, cuyo título siempre resultó para mí directamente estremecedor, y por más de una razón. Escrito originalmente en noviembre de 1934, Il mestiere di poeta fue uno de los dos textos en prosa agregados como apéndice por Cesare Pavese a la edición definitiva de su primer libro de poemas: Lavorare stanca (cuyo lanzamiento había sido de 1936, por Solaria, con aprobación previa de Elio Vittorini), que iba a ser publicada por Giulio Einaudi Editore en octubre de 1943.


Esa doble figura, la de aquel escritor y la de ese texto --casi me atrevería a decir la de ese título, porque lo de El oficio de poeta vino a convertirse con el tiempo en algo así como una metáfora-paradigma--, están radicalmente ligados a mi propia vida. Y no sólo por las resplandecientes consecuencias que, para mi formación, tuvo su descubrimiento en mi primera adolescencia.  Sino también porque fue precisamente ése uno de los textos, y precisamente ese mismo título el elegido para el conjunto, cuando con Hugo Gola seleccionamos y vertimos al castellano (lo que constituye además el comienzo de mi no escasa tarea de traductor) una antología de ensayos de Cesare Pavese que Nueva Visión publicara en septiembre de 1957. Con tanto éxito que tuvo que reeditarla en varias ocasiones sucesivas. Y con tanta repercusión que, inclusive hace no poco tiempo, al publicarse ya en dominio español las obras de Pavese, se siguió utilizando como título de uno de sus libros al de aquel viejo texto. Que, como vimos, en realidad es sólo uno de sus primeros ensayos.


¿Cómo colocarme ahora, entonces, tantos años después, de algún modo bajo esta misma leyenda memorable, y pretender que puedo hablar --como si fuera fácil, como si me fuera fácil-- de cuál es la situación actual de la poesía? ¿Cómo hablar, hoy, en apariencia despreocupadamente, de algo que está tan bella, tan trágicamente unido a mi destino?¿Y justamente bajo el emblema de la llaga siempre abierta?


Hablar del oficio de poeta, entre las décadas del treinta y del cuarenta, implicaba como siempre cuestiones diversas. La más evidente, casi palpable, era la intención de desacralizar la imagen del poeta. Y, teniendo en cuenta no sólo el aire de la época, sino también las peculiares opiniones político-sociales que ya iban madurando sin duda en el joven Pavese, la idea de la poesía como un oficio podía ser aprehendida por lo menos también en otras dimensiones: una, haciendo al poeta hermano de todos aquellos que vivían de un oficio, que tenían un oficio; otra, desacralizando como vimos la imagen del poeta, convirtiéndolo quizás en alguien cuya tarea podía encararse como la de cualquier oficio y, lo que es muy importante, cuyos productos tenían entonces destinatarios, venían a cubrir alguna necesidad.


Claro que estos asuntos no son nunca lineales.  Por empezar, el contexto donde aquello se escribía (un mundo en el que había pueblos capaces de enfrentarse con el fascismo y donde había hombres a los que cabía considerar como compañeros), resulta en absoluto antípoda con el mundo en que nos toca sobrevivir hoy.  Después de todo, el feliz neorrealismo que había embebido a la cultura italiana precisamente durante los años de la resistencia antifascista y que florecería luego con la posguerra, no era por supuesto sólo un movimiento estético sino una actitud humanista, social, cultural, incluso política.

 Pero, y atención a esto, dentro de esa amplia corriente no se habían disuelto sino que continuaban latentes y activos meollos más que fecundos de la cultura. Y no es casual que, cuando pensamos en ello, mencionemos a un escritor como Cesare Pavese. Si hay alguien que ya entonces se había negado a simplificar excesivamente las cosas, si hubo un intelectual que no fue tentado nunca por la demagogia, ése fue sin duda Cesare Pavese. Y una prueba muy simple al respecto, y que inclusive viene al caso, es la siguiente. Si su título El oficio de poeta viene a traernos como vimos todas esas resonancias de que hablábamos en líneas anteriores, ¿cómo comprenderlas a la luz de esta otra reflexión suya: “En mi oficio, pues, soy rey”, contenida en ese libro indeleble que son sus memorias de Il mestiere di vivere?  Porque esta idea de la autonomía del oficio, como vemos casi monárquica, no sólo casa mal con los proyectos sociales de carácter decididamente colectivo que se estaban soñando en aquellos años de dolor y de esperanza sino que, más bien, parece devolvernos a cierta fraternidad exclusiva de los gremios medievales, que se traspasaban de generación en generación un oficio conservado casi secreto, ajeno a extraños.


Entre dos ámbitos del oficio de poeta, aquel que se quiere implicado en los sueños mejores de la humanidad, sueños no de egoísmo sino de fraternidad, y el no menos ambicioso de imaginar la tarea creadora como de una soberana autonomía, aunque nunca totalmente desligada de lo anterior, caminos ambos que como vimos podemos reflejar casi simultáneamente con el célebre título-metáfora de Pavese, debo confesar que se tendió mi ansiosa adolescencia.

Mi edad y mi destino me permitieron convivir todavía, siendo casi un niño, con algunos de aquellos héroes de lo que luego sería mi personal mitología, principalmente republicanos españoles y antifascistas italianos, de cuyo límpido coraje y de cuya honrada conciencia civil aprendí sin duda una lección de moral que nunca olvidaré. Una lección de moral que no me llegaba envuelta en absoluto con ningún maniqueísmo, ya que muchos de ellos habían combatido al mismo tiempo al fascismo y al stalinismo, pero sí embebida con una imagen de la poesía que era a la vez de autonomía y de servicio, ética y estética, poema y canción. Durante la década del treinta, principalmente en España pero también en Alemania y en Italia, y un poco por todas partes, los poetas habían ocupado dignamente su lugar en las luchas comunes por la libertad y la justicia, y su palabra llegaba muchas veces empapada con los gritos de desesperación y rebeldía. Pero también, como no podía ser de otro modo, para nada de forma maniquea. Y muchos habían aprendido en carne propia que el valor testimonial o público de un poema era mayor y más efectivo cuanto más efectiva y mayor era su soberanía.

 

(...)

 

 

 

Artículo completo

Jorge Alegret

de su libro Poetiqa

A la Matemurga por "La Caravana" el 4.12.2004

 


Lo que mata es la humedad

y el imperialismo

aunque sin embargo

y por otro lado

la humedad

es como el pueblo

el hambre

y el espíritu revolucionario.

 

 

 

Márgenes

 

 

No puedo

sino

huir

 

 

Mi salvoconducto

es un kilo

de esta mierda

 

 

La noche

me va a calzar

como un ambo

de confección

 

 

En la otra margen

seré también

soldado.

 

 

 

 

 

Dándoles vueltas

 

 

Dándole vueltas y vueltas a cierto cachito significante

estaba entre la vulgaridad de tirarme una cana al aire

o

familiarmente

desde el amplio ventanal de un cuadragésimo piso

 

 

O desgarrar

el avejentado himen de una sección

perezosa de mi cerebro

 

 

Me encaré:

¿Por qué no rozar el urticante tema de las propensiones?

Es un tema tuyo, Rolando

el de las estructuras que supimos adquirir

las resignaciones que no terminan de caer

de las secoyas ancestrales

los renunciamientos a la mezcalina

al fru-frú, a la masturbación, al asesinato del alma

 

 

¿Tantos años de tarado echados a la basura?

¡El orgasmo es mío, mío!

¿Así como así, hijos de puta

arremeten con sus topadoras

sobre el gueto de mi infelicidad?

¿Qué me faltaba cuando sólo era un miserable?

 

 

 

 

 

Ser quien se debiera

 

 

1

 

Soy lo que debo ser:

un cerdo

burgués rodeado por el oro

Si no

no sería nada.

 

 

2


¿Soy lo que debo ser

o no soy lo que debo ser

si arrastrándome a nada

soy gusano?

 

 

 

 

 

Rolando Revagliatti

Buenos Aires, 1945

de su libro Desecho e izquierdo

 

MURGA OSCURA
técnica mixta
Jeuroz'18

Se lo puede bajar gratuitamente

en el siguiente enlace:

http://www.revagliatti.com/act0709/RR_desecho-e-izquierdo.pdf

 

La resolución imperfecta
por Juan Eugenio Rodríguez

 

Algunas reflexiones sobre la actualidad* de la frase que Lacan nos ofrece en su Seminario 10: La angustia, “el acto arranca a la angustia su certeza”

“Aquel que desea y no actúa engendra peste,

Espera veneno del agua estancada”.

William Blake

 

“La interpretación no está hecha para ser

entendida, está hecha para producir olas”.

Jacques Lacan

 

 

 

 

Revelar la potencialidad del acto de arrancar a la angustia su certeza sitúa una de las indicaciones más decididas, de las no muy numerosas, que Lacan nos entrega. Tiene en la mira ubicar la eficacia para intervenir, alivianando, el apresamiento atormentado que constituye tal posición del sujeto.

 

La certeza admite diferentes matices, según las distintas lógicas que la alojan. Por un lado, es el sesgo por el cual la angustia cuaja, solidifica al sujeto en la expectancia. Espera pasiva de aquello que se ubica como respuesta del Otro. Inercia subjetiva que, solidaria del no hay discurrir entre palabras,

indica que es eso y nada más que eso, lo que se indica con certeza. No hay engaño en su señal.

 

(...)

 

 

Artículo completo

 

Nota para estos días

 

 

por Daniel Mutchinick

 

Libertad
Técnica mixta
Jeuroz'18

El fuego boca abajo pierde el horizonte.
Tengo la idea del personaje,
lo busco en mi corazón

lo creo.

La inseguridad es fundamental
en la tierra de silencio y oscuridad,

es mejor entregarme y que lo haga pronto.

Quiero filmar algo que no sé.

Tropiezo con signos de vida, el mundo se me revela mientras voy andando a pie.

Trabajo para ti, no quiero una declaración, lo que quiero es lo que tú dices, quiero eso. Tengo que conocer tú corazón.

Me digo: hasta dónde iré, hasta dónde.

Llego rápido a tú corazón dejo atrás al monstruo, lo monstruoso es el crimen.

No quiero los hechos, quiero la poesía.

La poesía más sincera la más fingida.

No quiero las noticias, los hechos.

Prefiero la invención. Quiero ser inventor. Ocuparme de atraer lo más profundo de los sueños.

Tierra de silencio y oscuridad ciega sorda. Si estallara una guerra en este instante no me daría cuenta. Solo detengo mi respiración. Para ir más allá de los hechos, necesito la invención.

Debo prepararme para el rechazo. Sé que vendrá y ¿cómo viviré con eso?

Algo dormido está en mí, que despierta en mis sueños. Algo dormido está en mi. Hay algo más importante que mi propia búsqueda. No reconozco lo que se dice vida cotidiana, la vida no es predecible. Es posible que pueda mover un barco en la montaña.

Yo soy un peregrino, alguien que en las tribulaciones de su viaje terrenal intenta no perder su camino.

Aunque nuestro tierra arda en llamas o se congele me guiaré por la oración poética, por el fervor.

El fuego boca abajo pierde el horizonte.

 

 

 

Imágen: "El fuego boca abajo"

 

 

 

Jeuroz'18

EL FUEGO BOCA ABAJO

 

 

El conflicto en Kusch

 

El texto de Kusch piensa al intelectual, en el sentido de aquel que elabora lecturas entre lecturas, como quien trabaja con la materialidad simbólica de su cultura.

Toma la materialidad simbólica cultural como aquello que es capaz de construirse entre conversaciones. Su materialidad es sobre todo esa lengua que hablamos y que vamos construyendo permanentemente con el uso. Es la cultura viva. El precipitado de ese saber-hacer es la escritura que se produce.

¿Cómo podría entenderse entonces la globalización cultural? Podemos pensar la globalización como imperialismo, es decir, como la imposición de signos y símbolos de una cultura por sobre otra. Imposición de signos, símbolos, idiomas, modos de producir, de hacer institución, de vincularse con lo real. De algún modo, esos signos y símbolos impuestos, generalmente por métodos violentos, son ya símbolos inertes, extraídos de la materia viva que les dio origen, se trata de cultura mortificada.

Kusch se piensa en ese conflicto, entre una cultura impuesta, que es como una capa superficial y mortificada de símbolos y signos en los que se referencian incluso los ideales y aquello a lo que se le da la espalda, el decir popular desde el cual precipita toda verdadera producción intelectual.

Para que la producción intelectual pueda tener un valor en esta construcción social mortificada, tiene que atenerse a los cánones que se imponen desde los centros intelectuales del mundo globalizado. Incluso el asunto es mimetizarse con ese discurso para que no se noten las diferencias, para poder ser reconocido como un primus inter pares. Se cae necesariamente en la repetición monótona y vacía.

El problema para el psiquismo lo sitúa muy bien el psicoanálisis: es la diferencia y el rechazo que provoca. Sobre todo cuando aparece como diferencia cultural, lo radicalmente otro.


(...)

 

 

Artículo completo

 

La función de la negación

Una conversación con Rodolfo Kusch

por Eleonora D'Alvia

Imagen del saber

 

 

Se viste al saber con una larga túnica

 

no escucha la voz

 

del harapiento niño que le habla,

 

no escucha.

 

 

 

 

Un viaje

 

 

Dopado, el amor no quiero

 

encontrarme con ese instante, de muerte

 

me prefiero despierto.

 

La incertidumbre del viaje

 

el temblor en las rodillas.

 

Degradado ideal inerte

 

 

 

 

Víctor Hugo Ibáñez,

1966, Salta, Argentina.

 

Víctor Ibañez

¿Para qué sirve hoy la poesía?
(Poesía, lenguaje y sociedad de consumo)

 

Por Rodolfo Alonso *

SEMINARIO ANUAL DE PSICOANÁLISIS Y POESÍA 2018

En La Universidad Nacional
de La Matanza

Página actualizada: Octubre - Noviembre - Diciembre 2018 - Página web: www.fuegos-delsur.com.ar / Correo: fuegosdelsur@gmail.com - ©Fuegos del Sur, psicoanálisis en movimiento. Buenos Aires. República Argentina.

 

EL LABERINTO DE LA SOLEDAD
(fragmento)

de Octavio Paz

En nuestro mundo el amor es una experiencia casi inaccesible. Todo se opone a él: moral clases, leyes, razas y los mismos enamorados. La mujer siempre ha sido para el hombre lo “otro”, su contrario y complemento. Si una parte de nuestro ser anhela fundirse en ella, otra, no menos imperiosamente, la aparta y excluye. La mujer es un objeto, alternativamente precioso o nocivo, mas siempre diferente. Al convertirla en objeto, en ser aparte, y al someterla a todas las deformaciones que su interés, su vanidad, su angustia y su mismo amor le dictan, el hombre la convierte en instrumento. Medio para obtener el conocimiento y el placer, vía para alcanzar la supervivencia, la mujer es ídolo, diosa, madre, hechicera o musa, según muestra Simone de Beauvoir, pero jamás puede ser ella misma. De ahí que nuestras relaciones eróticas estén viciadas en su origen, manchadas en su raíz. Entre la mujer y nosotros se interpone un fantasma: el de su imagen, el de la imagen que nosotros nos hacemos de ella y con la que ella se reviste. Ni siquiera podemos tocarla como carne que se ignora a sí misma, pues entre nosotros y ella se desliza esa visión dócil y servil de un cuerpo que se entrega. Y a la mujer le ocurre lo mismo: no se siente ni se concibe sino como objeto, como “otro”. Nunca es dueña de sí. Su ser se escinde entre lo que es realmente y la imagen que ella se hace de sí. Una imagen que le ha sido dictada por su familia, clase, escuela, amigas, religión y amante. Su feminidad jámas se expresa, porque se manifiesta a través de formas inventadas por el hombre. El amor no es un acto natural. Es algo humano y, por definición, lo más humano, es decir, una creación, algo que nosotros hemos hecho y que no se da en la naturaleza. Algo que hemos hecho, que hacemos todos los días y que todos los días deshacemos.

No son estos los únicos obstáculos que se interponen entre el amor y nosotros. El amor es elección. Libre elección, acaso, de nuestra fatalidad, súbito descubrimiento de la parte más secreta y fatal de nuestro ser. Pero la elección amorosa es imposible en nuestra sociedad. Ya Breton decía en uno de sus libros más hermosos -El loco amor- que dos prohibiciones impedían, desde su nacimiento, la elección amorosa: la interdicción social y la idea cristiana del pecado. Para realizarse, el amor necesita quebrantar la ley del mundo. En nuestro tiempo el amor es escándalo y desorden, transgresión: el de dos astros que rompen la fatalidad de sus órbitas y se encuentran en la mitad del espacio. La concepción romántica del amor, que implica ruptura y catástrofe, es la única que conocemos porque todo en la sociedad impide que el amor sea libre elección.

La mujer vive presa en la imagen que la sociedad masculina le impone; por lo tanto, sólo puede elegir rompiendo consigo misma. “El amor la ha transformado, la ha hecho otra persona”, suelen decir las enamoradas. Y es verdad: el amor hace otra a la mujer, pues si se atreve a amar, a elegir, si se atreve a ser ella misma, debe romper esa imagen con que el mundo encarcela su ser.

El hombre tampoco puede elegir. El círculo de sus posibilidades es muy reducido. Niño, descubre la feminidad en la madre o en las hermanas. Y desde entonces el amor se identifica con lo prohibido. Nuestro erotismo está condicionado por el horror y la atracción del incesto. Por otra parte, la vida moderna estimula innecesariamente nuestra sensualidad, al mismo tiempo que la inhibe con toda clase de interdicciones de clase, de moral y hasta de higiene. La culpa es la espuela y el freno del deseo. Todo limita nuestra elección. Estamos constreñidos a someter nuestras aficiones profundas a la imagen femenina que nuestro círculo social nos impone. Es difícil amar a personas de otra raza, de otra lengua o de otra clase, a pesar de que no sea imposible que el rubio prefiera a las negras y éstas a los chinos, ni que el señor se enamore de su criada o a la inversa. Semejantes posibilidades nos hacen enrojecer. Incapaces de elegir, seleccionamos a nuestra esposa entre las mujeres que nos “convienen”. Jamás confesaremos que nos hemos unido  - a veces para siempre – con una mujer que acaso no amamos y que, aunque nos ame, es incapaz de salir de sí misma y mostrarse tal cual es. La frase de Swan: “Y pensar que he perdido los mejores añor de mi vida con una mujer que no era mi tipo”, la pueden repetir, a la hora de su muerte, la mayor parte de los hombres modernos. Y las mujeres.

La sociedad concibe el amor, contra la naturaleza de este sentimiento, como una unión estable y destinada a crear hijos. Lo identifica con el matrimonio. Toda transgresión a esta regla se castiga con una sanción cuya severidad varía de acuerdo a tiempo y espacio. (Entre nosotros la sanción es mortal muchas veces si es mujer el infractor pues en México, como en todos los países hipánicos, funcionan con general aplauso dos morales, la de los señores y la de los otros: pobres, mujeres, niños) La protección impartida al matrimonio podría justificarse si la sociedad permitiese de verdad la elección. Puesto que no lo hace, debe aceptarse que el matrimonio no constituye la más alta realización del amor, sino que es una forma jurídica, social y económica que posee fines diversos a los del amor. La estabilidad de la familia reposa en el matrimonio, que se convierte en una mera proyección de la sociedad, sin otro objeto que la recreación de esa misma sociedad. De ahí la naturaleza profundamente conservadora del matrimonio. Atacarlo, es disolver las bases mismas de la sociedad. Y de ahí también que el amor sea, sin proponérselo, un acto antisocial, pues cada vez que logra realizarse, quebranta el matrimonio y lo transforma en lo que la sociedad no quiere que sea: la revelación de dos soledades que crean por sí mismas un mundo que rompe la mentira social, suprime tiempo y trabajo y se declara autosuficiente. No es extraño, así, que la sociedad persiga con el mismo encono al amor y a la poesía, su testimonio, y lo arroje a la clandestinidad, a las afueras, al mundo turbio y confuso de lo prohibido, lo ridículo y lo anormal. Y tampoco es extraño que amor y poesía estallen en formas extrañas y puras: un escándalo, un crimen, un poema.

 

Octubre - Noviembre - Diciembre 2018 - www.fuegos-delsur.com.ar / fuegosdelsur@gmail.com - ©Fuegos del Sur, psicoanálisis en movimiento. R. Argentina

La función de la negación

Una conversación con Rodolfo Kusch

por Eleonora D'Alvia

 

EL LABERINTO DE LA SOLEDAD
(fragmento)

de Octavio Paz

En nuestro mundo el amor es una experiencia casi inaccesible. Todo se opone a él: moral clases, leyes, razas y los mismos enamorados. La mujer siempre ha sido para el hombre lo “otro”, su contrario y complemento. Si una parte de nuestro ser anhela fundirse en ella, otra, no menos imperiosamente, la aparta y excluye. La mujer es un objeto, alternativamente precioso o nocivo, mas siempre diferente. Al convertirla en objeto, en ser aparte, y al someterla a todas las deformaciones que su interés, su vanidad, su angustia y su mismo amor le dictan, el hombre la convierte en instrumento. Medio para obtener el conocimiento y el placer, vía para alcanzar la supervivencia, la mujer es ídolo, diosa, madre, hechicera o musa, según muestra Simone de Beauvoir, pero jamás puede ser ella misma. De ahí que nuestras relaciones eróticas estén viciadas en su origen, manchadas en su raíz. Entre la mujer y nosotros se interpone un fantasma: el de su imagen, el de la imagen que nosotros nos hacemos de ella y con la que ella se reviste. Ni siquiera podemos tocarla como carne que se ignora a sí misma, pues entre nosotros y ella se desliza esa visión dócil y servil de un cuerpo que se entrega. Y a la mujer le ocurre lo mismo: no se siente ni se concibe sino como objeto, como “otro”. Nunca es dueña de sí. Su ser se escinde entre lo que es realmente y la imagen que ella se hace de sí. Una imagen que le ha sido dictada por su familia, clase, escuela, amigas, religión y amante. Su feminidad jámas se expresa, porque se manifiesta a través de formas inventadas por el hombre. El amor no es un acto natural. Es algo humano y, por definición, lo más humano, es decir, una creación, algo que nosotros hemos hecho y que no se da en la naturaleza. Algo que hemos hecho, que hacemos todos los días y que todos los días deshacemos.

No son estos los únicos obstáculos que se interponen entre el amor y nosotros. El amor es elección. Libre elección, acaso, de nuestra fatalidad, súbito descubrimiento de la parte más secreta y fatal de nuestro ser. Pero la elección amorosa es imposible en nuestra sociedad. Ya Breton decía en uno de sus libros más hermosos -El loco amor- que dos prohibiciones impedían, desde su nacimiento, la elección amorosa: la interdicción social y la idea cristiana del pecado. Para realizarse, el amor necesita quebrantar la ley del mundo. En nuestro tiempo el amor es escándalo y desorden, transgresión: el de dos astros que rompen la fatalidad de sus órbitas y se encuentran en la mitad del espacio. La concepción romántica del amor, que implica ruptura y catástrofe, es la única que conocemos porque todo en la sociedad impide que el amor sea libre elección.

La mujer vive presa en la imagen que la sociedad masculina le impone; por lo tanto, sólo puede elegir rompiendo consigo misma. “El amor la ha transformado, la ha hecho otra persona”, suelen decir las enamoradas. Y es verdad: el amor hace otra a la mujer, pues si se atreve a amar, a elegir, si se atreve a ser ella misma, debe romper esa imagen con que el mundo encarcela su ser.

El hombre tampoco puede elegir. El círculo de sus posibilidades es muy reducido. Niño, descubre la feminidad en la madre o en las hermanas. Y desde entonces el amor se identifica con lo prohibido. Nuestro erotismo está condicionado por el horror y la atracción del incesto. Por otra parte, la vida moderna estimula innecesariamente nuestra sensualidad, al mismo tiempo que la inhibe con toda clase de interdicciones de clase, de moral y hasta de higiene. La culpa es la espuela y el freno del deseo. Todo limita nuestra elección. Estamos constreñidos a someter nuestras aficiones profundas a la imagen femenina que nuestro círculo social nos impone. Es difícil amar a personas de otra raza, de otra lengua o de otra clase, a pesar de que no sea imposible que el rubio prefiera a las negras y éstas a los chinos, ni que el señor se enamore de su criada o a la inversa. Semejantes posibilidades nos hacen enrojecer. Incapaces de elegir, seleccionamos a nuestra esposa entre las mujeres que nos “convienen”. Jamás confesaremos que nos hemos unido  - a veces para siempre – con una mujer que acaso no amamos y que, aunque nos ame, es incapaz de salir de sí misma y mostrarse tal cual es. La frase de Swan: “Y pensar que he perdido los mejores añor de mi vida con una mujer que no era mi tipo”, la pueden repetir, a la hora de su muerte, la mayor parte de los hombres modernos. Y las mujeres.

La sociedad concibe el amor, contra la naturaleza de este sentimiento, como una unión estable y destinada a crear hijos. Lo identifica con el matrimonio. Toda transgresión a esta regla se castiga con una sanción cuya severidad varía de acuerdo a tiempo y espacio. (Entre nosotros la sanción es mortal muchas veces si es mujer el infractor pues en México, como en todos los países hipánicos, funcionan con general aplauso dos morales, la de los señores y la de los otros: pobres, mujeres, niños) La protección impartida al matrimonio podría justificarse si la sociedad permitiese de verdad la elección. Puesto que no lo hace, debe aceptarse que el matrimonio no constituye la más alta realización del amor, sino que es una forma jurídica, social y económica que posee fines diversos a los del amor. La estabilidad de la familia reposa en el matrimonio, que se convierte en una mera proyección de la sociedad, sin otro objeto que la recreación de esa misma sociedad. De ahí la naturaleza profundamente conservadora del matrimonio. Atacarlo, es disolver las bases mismas de la sociedad. Y de ahí también que el amor sea, sin proponérselo, un acto antisocial, pues cada vez que logra realizarse, quebranta el matrimonio y lo transforma en lo que la sociedad no quiere que sea: la revelación de dos soledades que crean por sí mismas un mundo que rompe la mentira social, suprime tiempo y trabajo y se declara autosuficiente. No es extraño, así, que la sociedad persiga con el mismo encono al amor y a la poesía, su testimonio, y lo arroje a la clandestinidad, a las afueras, al mundo turbio y confuso de lo prohibido, lo ridículo y lo anormal. Y tampoco es extraño que amor y poesía estallen en formas extrañas y puras: un escándalo, un crimen, un poema.

 

Octubre - Noviembre - Diciembre 2018 - www.fuegos-delsur.com.ar / fuegosdelsur@gmail.com  ©Fuegos del Sur, psicoanálisis en movimiento.              R. Argentina.

La función de la negación

Una conversación con Rodolfo Kusch

por Eleonora D'Alvia

 

EL LABERINTO DE LA SOLEDAD
(fragmento)

de Octavio Paz

En nuestro mundo el amor es una experiencia casi inaccesible. Todo se opone a él: moral clases, leyes, razas y los mismos enamorados. La mujer siempre ha sido para el hombre lo “otro”, su contrario y complemento. Si una parte de nuestro ser anhela fundirse en ella, otra, no menos imperiosamente, la aparta y excluye. La mujer es un objeto, alternativamente precioso o nocivo, mas siempre diferente. Al convertirla en objeto, en ser aparte, y al someterla a todas las deformaciones que su interés, su vanidad, su angustia y su mismo amor le dictan, el hombre la convierte en instrumento. Medio para obtener el conocimiento y el placer, vía para alcanzar la supervivencia, la mujer es ídolo, diosa, madre, hechicera o musa, según muestra Simone de Beauvoir, pero jamás puede ser ella misma. De ahí que nuestras relaciones eróticas estén viciadas en su origen, manchadas en su raíz. Entre la mujer y nosotros se interpone un fantasma: el de su imagen, el de la imagen que nosotros nos hacemos de ella y con la que ella se reviste. Ni siquiera podemos tocarla como carne que se ignora a sí misma, pues entre nosotros y ella se desliza esa visión dócil y servil de un cuerpo que se entrega. Y a la mujer le ocurre lo mismo: no se siente ni se concibe sino como objeto, como “otro”. Nunca es dueña de sí. Su ser se escinde entre lo que es realmente y la imagen que ella se hace de sí. Una imagen que le ha sido dictada por su familia, clase, escuela, amigas, religión y amante. Su feminidad jámas se expresa, porque se manifiesta a través de formas inventadas por el hombre. El amor no es un acto natural. Es algo humano y, por definición, lo más humano, es decir, una creación, algo que nosotros hemos hecho y que no se da en la naturaleza. Algo que hemos hecho, que hacemos todos los días y que todos los días deshacemos.

No son estos los únicos obstáculos que se interponen entre el amor y nosotros. El amor es elección. Libre elección, acaso, de nuestra fatalidad, súbito descubrimiento de la parte más secreta y fatal de nuestro ser. Pero la elección amorosa es imposible en nuestra sociedad. Ya Breton decía en uno de sus libros más hermosos -El loco amor- que dos prohibiciones impedían, desde su nacimiento, la elección amorosa: la interdicción social y la idea cristiana del pecado. Para realizarse, el amor necesita quebrantar la ley del mundo. En nuestro tiempo el amor es escándalo y desorden, transgresión: el de dos astros que rompen la fatalidad de sus órbitas y se encuentran en la mitad del espacio. La concepción romántica del amor, que implica ruptura y catástrofe, es la única que conocemos porque todo en la sociedad impide que el amor sea libre elección.

La mujer vive presa en la imagen que la sociedad masculina le impone; por lo tanto, sólo puede elegir rompiendo consigo misma. “El amor la ha transformado, la ha hecho otra persona”, suelen decir las enamoradas. Y es verdad: el amor hace otra a la mujer, pues si se atreve a amar, a elegir, si se atreve a ser ella misma, debe romper esa imagen con que el mundo encarcela su ser.

El hombre tampoco puede elegir. El círculo de sus posibilidades es muy reducido. Niño, descubre la feminidad en la madre o en las hermanas. Y desde entonces el amor se identifica con lo prohibido. Nuestro erotismo está condicionado por el horror y la atracción del incesto. Por otra parte, la vida moderna estimula innecesariamente nuestra sensualidad, al mismo tiempo que la inhibe con toda clase de interdicciones de clase, de moral y hasta de higiene. La culpa es la espuela y el freno del deseo. Todo limita nuestra elección. Estamos constreñidos a someter nuestras aficiones profundas a la imagen femenina que nuestro círculo social nos impone. Es difícil amar a personas de otra raza, de otra lengua o de otra clase, a pesar de que no sea imposible que el rubio prefiera a las negras y éstas a los chinos, ni que el señor se enamore de su criada o a la inversa. Semejantes posibilidades nos hacen enrojecer. Incapaces de elegir, seleccionamos a nuestra esposa entre las mujeres que nos “convienen”. Jamás confesaremos que nos hemos unido  - a veces para siempre – con una mujer que acaso no amamos y que, aunque nos ame, es incapaz de salir de sí misma y mostrarse tal cual es. La frase de Swan: “Y pensar que he perdido los mejores añor de mi vida con una mujer que no era mi tipo”, la pueden repetir, a la hora de su muerte, la mayor parte de los hombres modernos. Y las mujeres.

La sociedad concibe el amor, contra la naturaleza de este sentimiento, como una unión estable y destinada a crear hijos. Lo identifica con el matrimonio. Toda transgresión a esta regla se castiga con una sanción cuya severidad varía de acuerdo a tiempo y espacio. (Entre nosotros la sanción es mortal muchas veces si es mujer el infractor pues en México, como en todos los países hipánicos, funcionan con general aplauso dos morales, la de los señores y la de los otros: pobres, mujeres, niños) La protección impartida al matrimonio podría justificarse si la sociedad permitiese de verdad la elección. Puesto que no lo hace, debe aceptarse que el matrimonio no constituye la más alta realización del amor, sino que es una forma jurídica, social y económica que posee fines diversos a los del amor. La estabilidad de la familia reposa en el matrimonio, que se convierte en una mera proyección de la sociedad, sin otro objeto que la recreación de esa misma sociedad. De ahí la naturaleza profundamente conservadora del matrimonio. Atacarlo, es disolver las bases mismas de la sociedad. Y de ahí también que el amor sea, sin proponérselo, un acto antisocial, pues cada vez que logra realizarse, quebranta el matrimonio y lo transforma en lo que la sociedad no quiere que sea: la revelación de dos soledades que crean por sí mismas un mundo que rompe la mentira social, suprime tiempo y trabajo y se declara autosuficiente. No es extraño, así, que la sociedad persiga con el mismo encono al amor y a la poesía, su testimonio, y lo arroje a la clandestinidad, a las afueras, al mundo turbio y confuso de lo prohibido, lo ridículo y lo anormal. Y tampoco es extraño que amor y poesía estallen en formas extrañas y puras: un escándalo, un crimen, un poema.