EL INVASOR

Ingresamos al edificio. En mesa de entradas una cabeza robot atada con alambre a un palo de escoba nos indicó que debíamos subir al segundo piso e ir a hablar con el secretario general.

Luego de subir varios escalones hasta llegar al segundo piso donde estaba el despacho del secretario general dimos con una puerta de doble hoja color plateado con varias líneas diagonales rojas y verdes. Una diminuta chapa dorada con inscripción aclaraba:

SECRETARIO GENERAL

Dr. Adorno Faxister

Golpeamos la puerta. La misma se abrió sola y detrás de un enorme escritorio marrón oscuro de madera real, allí estaba observando y escuchando un holoinformativo otro de los nuevos personajes gobernantes de Kuzko. Máximos representantes de la decadencia en la que había entrado la Ciudad, según opinaba Xaomi y ratificaba OFELIA. En el noticiero que veía Adorno Faxister se escuchaba una publicidad en la que se ofrecía “2 x1 en clonación”: “Le ofrecemos al mismo precio la clonación genética y la clonación digital que reproduce con exactitud su yo presente sin tener que esperar el largo periodo de la maduración biológica, con el desfasaje que ello conlleva. ¡Llévese su identidad artificial hecha con IA hoy mismo y un 30% OFF en biomascotas”.

–Buenos días –dije, con un tono medio suplicante que me salió sin querer−. Vengo a informar de mi llegada al planeta durante la mañana de ayer.

Adorno continuaba prestándole atención a la proyección holográfica que era emitida por su nanophone azul mate.

–Ejem… –insintí, queriendo interrumpir su concentración–. Mi nombre es Marcos Heredia y soy un bioquímico terrícola. No sé exactamente a qué vine a vuestra excelsa y respetable casa, pero sí sé que tengo la responsabilidad de anunciarme. Soy un cosmonauta pacífico que solamente necesita recobrar algo de memoria. Tal vez ustedes podrían ayudarme en ese sentido…

Adorno apartó su mirada del holo y lo apagó con un chasquido de dedos. Tenía unas gafas muy graciosas que parecían de mujer, aunque sabía que eso no era más que un prejuicio mío. Se las bajó lentamente y curvó su ceja derecha. Tenía una mirada penetrante y dos enormes ojos grises que intimidaban. Su cara tenía ángulos muy pronunciados y cierta nariz aguileña. Un canoso peinado enrulado y un largo mostacho gris culminaban la espectacular cabeza de ese personaje de caricatura. A todas luces no era szordhyano. Pero, entonces, ¿qué era? ¿otro terrícola al igual que yo? En ese caso, la suerte hubiera estado de mi lado. Pero no fue así. El encuentro con Adorno Faxister iba a ser una de las experiencias más impactantes durante mi estancia en Szordhyn 62.

–¿En qué puedo ayudarlo, Sr. Heredia? Presuponiendo que este servidor tuviera las herramientas para hacerlo, ¿debería? ¿Usted cree que ese es su “derecho” –puag, qué palabra tan repugnante– y que esa es mi “obligación”? Como verá soy o fui tan terráqueo como usted, pero por suerte emigré de ese andrajoso mundillo plagado de humanos y vine a este cielo real donde –expansión de los negocios privados mediante– reina la libertad de manejar países o ciudades enteros a piacere de los intereses económicos de las empresas más monopólicas y dominantes –y de los Señores y de las Señoras más influyentes– del planeta.

Me tomé mi tiempo para responder. No quería sonar ni descortés ni sometido. No tenía ningún interés en polemizar con Adorno, solamente necesitaba que me brindaran algún tipo de ayuda ínfima.

–Disculpe, estimado Adorno Faxister, si es que así se llama usted como lo aclara la chapa de la puerta. No he venido aquí a intentar causarle ningún inconveniente. Necesitaría realizarme algún ADN express y averiguar cómo son los trámites para alquilar una nave que me pueda llevar de regreso al planeta Tierra. Tengo la leve impresión de que nunca recordaré la misión por la que he venido.

Faxister se quitó completamente los anteojos y lanzó una risotada estruendosa que nos sobresaltó tanto a Xaomi como a mí.

–¡Una nave espacial! ¿Tenemos cara de remiseros? Qué osadía la suya, Heredia. En esta Secretaría solamente vamos a tomarle algunos datos mínimos que nos interesan a nosotros y luego usted podrá desenvolverse libremente por el planeta o, al menos, por esta ciudad dirigida por el eminente Eladio Reinante. Con que apoye su huella dactilar en el elemento que le estoy por proporcionar y deje que escaneemos su iris con este otro que aquí ve, es suficiente. No nos interesa a qué vino, de dónde vino, cuál será su actividad comercial para sobrevivir aquí, si es que logra sobrevivir o no. Todo eso corre a cuenta suya. Si comete algún delito en pos de su supervivencia trate de que no nos enteremos. El mes pasado gastamos una fortuna en la construcción de la nueva cárcel de máxima seguridad donde sólo caben ocho reclusos y ya tenemos detenidos a seis. Además, el jefe de Gobierno tiene planificado aplicar la pena de muerte a partir del mes próximo, con lo cual aún menos le recomendaría meterse en problemas con estas autoridades. Por último, esta Secretaría en sentido estricto es una Sociedad de Responsabilidad Limitada. Cualquier disconformidad con nuestra atención deberá ser expresada en forma oral ante el Tribunal Imparcial y Objetivo N° 865685 radicado en la Isla Tierra Acogida a más o menos unos 300 km terráqueos de aquí.

Me quedé perplejo. Era evidente que no pensaban ayudarme ni un poco. Intenté ponerme un poco más duro y enfático, a ver qué lograba con ello.

–Discúlpeme, Sr. Faxister, pero la realidad es que no estaría comportándose acorde a los Tratados Cosmopolíticos vigentes, según tengo entendido por la preparación que supongo que recibí antes de emprender este viaje. ¡Exijo solidaridad con este astronauta terrícola desmemoriado! ¿Cómo es posible que siendo usted un ser humano al igual que yo se comporte de esta manera tan cruel y egoísta? ¿Usted entiende cuál es mi situación? No sé ni a cuántos kilómetros de la Tierra me encuentro y tampoco sé a qué vine, pero usted es tan insolidario que es capaz de dejarme aquí tirado, a la buena de vaya a saberse qué mandamás.

Luego de un silencio que me llenó de fe, nuevamente Adorno Faxister echó a reír, pero esta vez con mucho más énfasis y descaro. Abrió un cajón de su anticuado escritorio y de allí sacó una máquina para tomar mis huellas dactilares. Además, acercó un elemento que ya estaba a la vista para escanear mi iris.

–Hagamos todo esto lo más rápido y sencillo posible, Heredia. No se encuentra en condiciones de negociar ni de exigir nada. Agradezca que no lo expulsamos al vacío estelar sin más. Por favor, introduzca su dedo en este aparatejo y luego aproxime su rostro mirando aquí donde se encuentra la luz verde en este otro dispositivo.

El secretario general de la empresa que curiosamente gerenciaba el organismo público así llamado Secretaría del Recienllegado, insistía con que colocara mis dedos en esa mugrosa cápsula amarilla. Y luego me volvió a pedir dejarme escanear el iris con una especie de binocular plateado cuyo ínfimo cable blanco recorría media oficina hasta enchufarse a lo que parecía ser un tomacorriente de 220v. En ese edificio daba la impresión de que misteriosamente habíamos retrocedido en el tiempo dado que, en comparación con lo registrado por mí en el resto del planeta, todo era vetusto o anacrónico.

Una vez que accedí a todo eso que Faxister me pedía, desde una antiquísima máquina impresora salió un Informe en papel sobre mi identidad. Al menos iba a poder estar más seguro de algunas cosas. Faxister se levantó de su silla –era bastante más bajo y gordo de lo que parecía– y agarró la hoja impresa. Luego caminó otra vez hasta el escritorio, se encendió un smoggin y leyó para sí mismo. Su expresión facial se fue transformando conforme avanzaba en la lectura. Puso cara de sorpresa.

–¡Increíble! ¡Esto no es posible! –gritó con una voz algo quebrada. Parecía verdaderamente sorprendido.

–¿Qué sucede? –preguntó enfáticamente Xaomi–. ¿Cuál es el inconveniente con mi amigo terrícola?

–Señorita, en primer lugar, por ser mestiza debería dirigirse con mucho más respeto hacia mí. En segundo lugar, mi sorpresa no se debe a un mero inconveniente como usted acaba de decir, sino que aquí tenemos un problema grave. Marcos Heredia o como quiera que realmente se llame. ¡Usted es un invasor!

–Pero, ¿qué dice? –repliqué velozmente. No pensaba dejar avanzar esa acusación difamatoria ni un centímetro–. Usted está completamente loco. No estoy seguro de cuál es mi misión en este planeta como ya he dicho, pero estoy totalmente convencido de que no he venido a invadirlo ni nada que se le parezca. Además, ¿usted en serio piensa que una invasión es algo que pueda realizarse individualmente? ¡Pero qué estupidez, por favor! Le pido que se retracte y que me brinde la información que el escaneo de iris y mis huellas dactilares le han proporcionado.

–Pues exactamente eso –replicó sin más–. No figura en nuestro sistema y tampoco nos brinda siquiera un mínimo de información sobre usted.

–Eso es lógico puesto que yo nunca estuve aquí antes.

–Nuestra central de datos está en contacto permanente con otros planetas y otras galaxias. En Szordhyn 62 y para ser más exactos en el Área boreal de Halis 58, tenemos una explanada de cuatrocientos kilómetros cuadrados a la que llamamos The Desert of the News y en la que funciona el data center más ingente de toda la galaxia Unmeguste. Este año ha pasado de almacenar enormes cantidades de exabytes a pequeñas cantidades de zettabytes, pero que próximamente no serán pocas sino muchísimas, lo cual dará nacimiento a la medida de almacenamiento informático del futuro: el szordhynbyte. Serán realmente muy pocos los que van a poder pagar un szordhynbyte, pero muchísimos los que lo necesiten para poder continuar normalmente con sus vidas digitalizadas en grado extremo sin sentirse excluidos o sin sentir que se quedan afuera de la fiesta. La joda del mañana requerirá un poder de acumulación de datos para el que solamente Szordhyn 62 está preparándose y, en particular, nuestra pionera Ciudad de Kuzko. De hecho, ya se está pensando en una equivalencia entre la moneda y la unidad de información, lo cual simplificará muchísimas transacciones. Un szordhynbyte será equivalente a la criptomoneda universal del futuro: el szordhyncoin. Para que un idiota como usted pueda captar lo que significará eso, déjeme decirle que un szordhyncoin equivaldrá aproximadamente a un gugolduplex de dólar y, si las cosas salen como se las está planificando, un szordhyncoin pasará a equivaler a un Graham de dólar. ¿Conoce usted el valor de ese número, Heredia? En fin. Dicho todo esto y disculpe si me he ido por las ramas, nuestro sistema lo ha buscado a usted en infinidad de bases, pero nada de nada, che. Es un inexistente, no figura en ninguna base de datos y eso se considera automáticamente peligroso. De hecho, ya mismo estoy activando una alerta marrón XJIU-

–¿Y eso qué significa?

−Lo que ya le mencioné. Usted está calificado como potencial invasor, damos por hecho que tiene una cantidad de planes oscuros y malvados contra la Ciudad de Kuzko, en principio, pero tampoco descartamos que quiera colonizar y destruir Szordhyn 62 después de haber encadenado, envaselinado y violado a todas nuestras mujeres.

Al escuchar todo eso no pude evitar explotar en una estridente risotada. Estaba muy, muy enojado. Una vez que me calmé un poco, tomé la palabra y dije:

−¡De todas las cosas psicodélicas con las que me he topado desde que llegué, sepa que esta es la mayor! ¡La más ridícula, injuriosa y chocante! ¡Usted no es más que un enorme miserable, Adorno Faxister!

Entonces me invadió un impulso muy extraño que no recordaba haber vivido nunca antes en mi vida. Sentí ganas de matar. ¿Estaba enloqueciendo? ¿Eran las condiciones climáticas de Szordhyn 62 las que me hacían pensar así? No podría decir con certeza cuál fue el motivo, pero la realidad es que tomé mi nanopistola y ejecuté al secretario Adorno Faxister con un impresionante rayo láser destructor. Me tomó menos de un segundo.

Cuando nos asomamos con Xaomi –quien parecía haberse tomado mi impulsividad con bastante calma– para ver qué había quedado de él, solamente encontramos esos cómicos anteojos que parecían de mujer y un grisáceo mostacho calcinado que largaba un finísimo hilo de humo azul. Ella tomó las gafas y se las puso. Le quedaban mucho mejor que al calcinado aquel.el.

DESCARTABLE INHUMANO

por LUIS FERNANDO LANGELOTTI

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